sábado, 27 de febrero de 2016

HOMILÍA, TERCER DOMINGO DE CUARESMA, CICLO C,, 28 DE FEBRERO 2008

LA URGENCIA DE LA CONVERSIÓN.

San Pablo escribe en el c. 10 de su Primera Carta a los Corintios, que acabamos de escuchar: "Todo esto sucedía como un ejemplo, y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo tanto, el que se cree seguro, cuidado! que no caiga.". Unos momentos después, hemos escuchado estas palabras tremendas de Jesús recogidas por San Lucas en nuestro evangelio de hoy: "Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera", al referirse a unas noticias contemporáneos acerca de la caída de una torre y una matanza realizada por Pilato. Ambos sucesos costaron varias vidas. Estamos avanzando ya hacia la mitad de la Cuaresma, que comenzó con una a invitación urgente a la penitencia y a la conversión. ¿En concreto, qué significa este mensaje acerca de la urgencia de la conversión que nuestra Liturgia de la Palabra nos entrega hoy con tanta fuerza?

En primer lugar, preguntémonos por qué es tan urgente la conversión y en qué consiste. Para poder acoger el mensaje de Jesús y entrar en comunión con Él, lo primero que necesitamos es darnos cuenta del estado en el que nos encontramos. ¿Cómo es que Jesús tuvo una acogida mucho más positiva de parte de los que eran considerados "pecadores públicos" en la sociedad de su tiempo, siendo ejemplos claros de este tipo de gente, los recaudadores, es decir los corruptos de la época que se aprovecharon del cargo para enriquecerse, y las prostitutas? En cambio, la gente devota que se consideraba piadosa era la que más obstáculos ponía a la persona y al mensaje de Jesús. Para los que eran considerados los malos resultaba más fácil darse cuenta de que no todo iba tan bien en su vida. La predicación de Jesús atrajo a muchos enfermos y endemoniados .A ellos les resultaba fácil reconocer que no todo iba bien en sus vidas, que ellos solos no eran capaces de arreglar su situación. En cambio, los fariseos, que representaban a los devotos, que cumplían a la perfección las mil y una minucias de la ley, que oraba, daba limosna y ayunaba, dando así buen ejemplo a su prójimo, encontraron poco digerible el mensaje radical de Jesús, acerca de la llegada del Reino o reinado de Dios y la urgencia de la conversión. Por otra parte, la conversión no es nada fácil, porque a todos nos resulta difícil cualquier cambio, pues somos animales de costumbre y si no formáramos hábitos para realizar las tareas diarias, cada vez que realizamos una tarea común como conducir un coche como si fuera la primera vez, nos cansaríamos mucho. Los hábitos y las costumbres nos facilitan la vida y son necesarios. También se afincan en nuestra vida espiritual o de relación con Dios una serie de hábitos y costumbres que con el paso del tiempo vienen siendo una rutina. Rezamos oraciones sin siquiera pensar en las palabras.  Así es cómo la llamada urgente de Jesús a la conversión es algo difícil para la persona devota, como era el caso de los fariseos. Rompía sus esquemas dado que ellos daban demasiada importancia al cumplimiento de unas reglas que en muchos casos eran secundaras.

En segundo lugar, la conversión implica entrar en nuestra conciencia y ser implacables al descubrir nuestras hipocresías, cómo nos consideramos superiores a otros, nuestras envidias, impaciencias etc. . Si así no fuera no estaríamos constantemente criticando a los demás, ni nos dedicaríamos tanto a la murmuración y al chisme. Al dar inicio a su ministerio público, según el relato de San Marcos, Jesús invitó a la gente de convertirse y creer la buena noticia acerca de la llegada del Reino o reinado, o la soberanía de Dios. La palabra conversión en castellano tiene dos palabras correspondientes en griego: "metanoia" o cambio de mente, salir de nuestros esquemas comunes, los hábitos y costumbres que nos han llevado a la rutina, a ver toda la obra maravillosa de Dios en la creación y en la salvación como ordinaria; y "epistrophe" que significa dar vuelta en U como cuando vamos por un camino y vemos una señal que nos indica que vamos por un camino equivocado que no nos llevará a nuestra meta. Lógicamente nos damos la vuelta y buscamos el camino más adecuada para llegar a nuestro destino.

Cuando San Pablo escribe: "Todo esto sucedía como un ejemplo, y fue escrito para escarmiento nuestro", se refiere tanto a la Palabra de Dios recogida en toda la Sagrada Escritura como el episodio concreto del acontecimiento fundante del Pueblo de Israel, que es el Éxodo de Egipto de la mano de Moisés y la Alianza de Sinaí. En el caso concreto del episodio de la zarza ardiente, que hemos escuchado en la primera lectura, tomada del Libro del Éxodo, se trata de uno de los episodios más importantes y emblemáticos de toda la Biblia. Moisés se encuentra en el desierto de Madíán a donde se había escapado y está cuidando el rebaño de su suegro Jetró. Ve una zarza que se está quemando, pero no termina de quemarse. Se acerca y Dios sale a su encuentro y le manda quitarse las sandalias porque "la tierra que pisa es tierra sagrada. Esto significa que Dios no es un ser más en el mundo, sino que es de otra naturaleza totalmente diferente y el contacto con él nos exige una grandísima reverencia, darnos cuenta de esta realidad. Se presenta como el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, los antepasados de Moisés, a quienes se había revelado en otros tiempos y le manda sacar al pueblo de Egipto liberándolo de la opresión del Faraón. . Moisés le pregunta su nombre. El nombre es un aspecto muy importante de la persona dado que la identifica y la distingue de otros, saber el nombre de una persona nos permite entrar en relación con esa persona. La respuesta: "Yo soy el que es", no es un nombre cualquiera, y sobre este nombre grandes teólogos como San Agustin, Santo Tomás de Aquino y San Buenaventura han reflexionado. Dios es el ser mismo, el principio y fundamento de todo lo que es, que no puede ser alguna cosa entre las cosas que existen en el mundo, uno entre tantos. El primer paso, pues en el proceso de la conversión a Dios es conocerlo, conocer su nombre que manifiesta quién es. Es lo que sucedió con Moisés en el episodio de la zarza ardiente. Dios es absoluto, trascendente, está más allá de todo lo que existe en nuestro universo, pero también se ha rebajado, se ha revelado primero a su Pueblo Elegido, Israel, y sobre todo se ha hecho cercano y asequible de modo totalmente inimaginable en la persona de Jesús, que es Dios mismo hecho uno de nostros.

Los contemporáneos de Moisés que experimentaron las obras maravillosas de Dios al liberarlos de la esclavitud de Egipto no tardaron mucho en olvidarse de ellas y se pusieron a quejarse contra Moisés por la mala comida. San Pablo invito a sus lectores a no caer en el mismo vicio. Dice que todo lo que sucedió en aquella época de Moisés sucedió "para escarmiento nuestro". Dios no se revela a nostros precisamente para satisfacer nuestra curiosidad sino para salvarnos, para que tomemos en serio nuestra vida y nuestro destino. Viendo lo que ha hecho en el pasado podemos y  debemos reflexionar acerca de quién es y la importancia de cumplir su voluntad. San Pablo termina su exhortación con estas palabras: "El que se cree seguro, cuidado! que no caiga". El gran matemático y apologeta francés del siglo XVII propone a los que dudan de la existencia de Dios, de que de verdad sea el creador del universo que al final nos juzgará, propone una apuesta: ¿ En el caso de no estar seguro si apostamos por Dios, su existencia y todo lo que nos promete, no perdemos nada, al contrario ganamos todo. Si apostamos en contra de Dios, no ganamos nada, perdemos todo lo que podíamos haber ganado. De ahí la urgencia de decidir y no considerarnos buena gente que no necesita de Jesucristo ni del Reino de Dios.

Las advertencias de San Pablo se nos hacen incluso más dramáticas en nuestro evangelio de hoy. Los peligros como los desastres naturales y el terrorismo provocan miedo en muchas personas en nuestro mundo de hoy. ¿Cómo interpreta Jesús este tipo de fenómenos que ponen en peligro nuestra vida. Los ve como una advertencia acerca de la urgencia de la conversión, igual que San Pablo cuando dice: "El que este de pie, que tenga cuidado, que no caiga". Tenemos una sola vida y el tiempo es breve. Esto lo recalca Jesús con la parábola de la higuera estéril. Si bien es cierto que el jardinero le pide al dueño dejar la higuera un año más para que puede cavar a su alrededor y echarle abono para ver si con eso da fruto. Éste es un mensaje oportuno para la Cuaresma. ¿Cuál de nosotros realísticamente puede prometerse un año más de vida? Dios es misericordioso, pero también el tiempo es corto. Nuestro evangelio de hoy termina con estas palabras: "Si no, el año que viene lo cortas".

En la segunda mitad del siglo XX, después de los tremendos desastres de la primera mitad, es decir, las dos guerras mundiales y toda la secuela de sufrimientos, destrucción  y muerte que provocaron, en el mundo occidental, y de manera especial en Europa y Norteamérica, se ha creado una situación de gran bienestar material, basado en los avances tecnológicos, una vida más cómoda, avances en la sanidad y la superación de muchas enfermedades que provocaban la muerte de muchos niños al poco tiempo de nacer, y la muerte temprana de otros etc. Pareciera que a la gran mayoría de las personas, los nuevos productos que se han introducido a los hogares han facilitado la vida; la revolución de las comunicación con la televisión, el Internet y los teléfonos móviles ha revolucionado nuestro modo de vivir. El hombre trabaja menos horas y se dedica mucho al entrenamiento, al turismo y otros pasatiempos. Confía en que el Estado se va a cuidar de él, le va a dar sanidad gratuita y otros bienes. Los Estados se han endeudado hasta las cejas para seguir proporcionando a la así llamada "ciudadanía" estos bienes que son considerados derechos adquiridos. ¿Todo este panorama color de rosa, satisface los anhelos más profundos del hombre?  ¿A qué precio viene este así llamado bienestar y calidad de vida? Uno de los precios es un narcisismo rampante  que lleva a la mayoría a anteponer el placer, la conveniencia personal, en una palabra el egoísmo y la arrogancia ante otros bienes como el necesario sacrificio y renuncia de muchos placeres y conveniencias para el bien de otros y para ser una persona responsable. No es de extrañar que con estos criterios se cometen millones de asesinatos de niños no nacidos al año, que debido a que muchos de los europeos no quieren tener hijos o cuando mucho uno, están entregando a la siguiente generación un continente poblado de ancianos y una sociedad inviable, o se están poniendo a merced de los inmigrantes musulmanes que traen consigo una cultura diametralmente opuesta a la  Según previsiones fiables ellos van a ser mayoría en Europa en pocas décadas. Sin embargo, según una  encuestas que se han  hecho en todo el mundo en las que se pregunta a la gente si se siente feliz y contenta, seis de los primeros diez países son países latinoamericanos. Claro, eso varía según los criterios que toman en cuenta para medir la supuesta felicidad. Además, así como no podemos garantizarnos un año más de vida, de hecho, ni un día, tampoco hay garantía de que el así llamado estado del bienestar, bienestar muchas veces mal llamado y basada en una montaña de egoísmo, podrá permanecer mucho tiempo. Nuestro mundo es precario, y siempre lo ha sido. Unos cambios en el solo o en el camo magnético de la tierra podrían traer consigo tremendos desastres como volcanes, terremotos,  cambios de clima que dificultarían las cosechas y provocarían hambrunas con millones de víctimas, y otros. Es algo que están previendo algunos científicos.  El cristiano se cree peregrino de camino hacia la verdadera patria que es el cielo, que significa estar con Dios Padre, con Jesucristo, el Espíritu Santo y todos los santos. ¿No parece que vale la pena hacer el esfuerzo de conversión necesaria para que no acabe nuestra vida  en la frustración del gran proyecto del amor de Dios para cada uno de nosotros y toda la humanidad debido a que nos hemos olvidado de lo más importante en nuestra vida y nos hemos ido por un camino equivocado. Todavía hay tiempo para cambiar de rumbo, para dar vuelta en U y acoger el mensaje urgente que el Señor nos presenta hoy en este tercer Domingo de Cuaresma. 














viernes, 26 de febrero de 2016

¿PODRÍA LA IGLESIA DECLARAR INMORAL LA PENA DE MUERTE?




Hace unos años vi una entrevista en la cadena de televisión CNN en la que se entrevistaba a un par de jóvenes de unos 35 años provenientes del Estado de Arkansas en Estados Unidos. Ellos acababan de ser liberados de la cárcel donde habían estado presos desde los 17 años de edad por la muerte horrorosa de un par de niños en su pueblo. Uno de ellos había estado casi 18 años en el corredor de la muerte, habiendo sido condenado con el autor de los asesinatos y su amigo condenado como colaborador en el hecho. Según una ley rara que hay en ese Estado pudieron alcanzar la libertad por un aceptando que eran culpables y por otro lado negándolo. Se trataba de un caso sumamente mediatizado y había una gran presión sobre las Fiscalía y la Policía para que encontraran a los culpables. Por este motivo, y posiblemente otros, detuvieron a los dos adolescentes que eran conocidos en el pueblo por su amor a a música metal pesada y en general actuar como tantos jóvenes adolescentes en estos tiempos. El entrevistador le preguntó al que estaba en el corredor de la muerte qué era lo que más le impactó de toda su tremenda experiencia. El joven contestó que desde el momento en que la Policía llamó a su puerta y lo detuvo una cosa era peor que la otra y no podía decir cuál era la peor de todo. También dijo que al ser liberado tuvo que volver a aprender a caminar, luego de haber vivido casi 18 años con sus pies atados por unas cadenas. Éste es un caso de tantos que se proponen en contra de la pena de muerte. Hay que decir que la Constitución de los Estados Unidos contiene la octava enmienda que prohíbe “castigos crueles y inusuales”. ¿La pena de muerte constituye tal castigo? ¿La pena de muere aplicada al terrorista solitario Timothy McVeigh que hizo volar el edificio federal de la Ciudad de Oklahoma y que terminó condenado a la pena de muerte sufrió una pena justa por haber matado a unos 100 personas sin mencionar a otros muchos que quedaron lesionados para toda la vida, y las secuelas de las familias que perdieron a sus seres queridos? ¿La pena de muerte sería una pena justa para los que atacaron las Torres Gemelas y mataron a unas 3000 personas en el proceso? ¿Cuál es la doctrina católica sobre todo esto del crimen y castigo en casos tan graves?

Algunos argumentos en contra de la pena capital

Aquí resumo algunos de los argumentos en contra de la pena de muerte que se encuentran en una web que trata del tema. Se trata tan solo de enumerarlos sin entrar a valorarlos. Interesante que el primer argumento que entrega esta web en contra de la pena de muerte es que según ellos cuesta más ejecutar a un criminal que mantenerlo en prisión. En segunda lugar afirma que la pena de muerte aplicada a los criminales no ayuda sino más bien perjudica a los familiares y seres queridos de las víctimas de este tipo de crimen que tiene como pena la muerte. Luego argumenta que es posible que el delincuente no haya tenido una defensa adecuada y debido a eso perdió el juicio. Considera éste uno de los principales motivos si no el principal para oponerse a la pena de muerte. No hay pruebas de que la aplicación de la pena de muerte disuada a los delincuentes para que reduzcan el número o la gravedad de sus fechorías. Sostiene que se aplica arbitrariamente, dado que en Estados Unidos su aplicación depende de las leyes del Estado donde uno es condenado. La mayoría de los países, un total de 139, han abandonado este tipo de pena, como es el caso de la totalidad de los países europeos y latinoamericanos. Los autores de esta web traen a colación lo que llaman una perspectiva religiosa, según la cual la casi totalidad de los grupos religiosos considera inmoral la pena de muerte, pese a que se encuentran textos sagrados “aislados” a favor de ella. También dicen que hay una gran disparidad respecto a la raza de los que son sometidos a esta pena. Una desproporción de negros e hispanos, las que se llaman minorías en Estados Unidos. También afirman que hay alternativas como pasar toda la vida en la cárcel sin posibilidad de salir en libertad.



Argumentos a favor de la pena de muerte

Sin ánimo de ser exhaustivo, recojo aquí también algunos argumentos de una web que se pronuncia a favor de la pena de muerte, también de Estados Unidos https://www.quora.com/Justice/What-are-the-arguments-in-favor-of-capital-punishment-death-penalty

1. La pena de muerte tiene un efecto disuasivo en contra de los crímenes más graves contra la vida del prójimo

2. La pena capital cuesta menos que mantener al delincuente en la cárcel para toda la vida.

3. La pena capital es menos cruel que pasar toda la vida encarcelado, tenida cuenta de las condiciones carcelarias en muchos países.

4. La pena de muerte satisface las ganas de venganza

5. La pena de muerte les da más apalancamiento a los fiscales en el momento de negociar la colaboración de los acusados.


Opiniones contemporáneas acerca de la pena de muerte y valoración de las mismas.

En los países donde ha sido abolida la pena capital, de manera especial en Europa y también en América Latina, se encuentran condenas cerradas de esta pena, considerando que la aceptación de la misma demuestra un desarrollo moral primitiva de las personas y las sociedades que la defienden. Copio a continuación un párrafo de un blog de Susana Frisancho, colgado en la web del la ex-Católica y ex-Pontifica Universidad de Perú:

Personalmente considero que la pena de muerte no es justicia. Esta constituye un castigo indigno e injusto, y plantearla como alternativa revela en las personas un nivel primitivo de juicio moral. Estoy convencida de que se puede analizar desde una perspectiva psicológica el tipo de razonamiento que subyace a una postura favorable a la reimplantación de la pena de muerte, y hacer evidente que conforme se avanza en el razonamiento moral, las personas y las sociedades toman una postura contraria a dicha pena. En este sentido, puede afirmarse que el estar a favor de la pena de muerte y proponerla como una alternativa de castigo justo revela un nivel precario de razonamiento moral” http://blog.pucp.edu.pe/blog/SusanaFrisancho/2011/04/06/juicio-moral-y-pena-de-muerte-actualizado/

Aquí ella apela a consideraciones psicológicas y a un supuesto avance en el razonamiento moral en nuestra sociedad. También apela a estudios de tipo sociológico de La Lawrence Kohlberg, discípulo de Piaget, y su bien conocida teoría del desarrollo moral de las personas, afirma que los que aceptan la pena de muerte están en un nivel inferior de desarrollo moral. Kohlberg postula siete etapas de desarrollo del juicio moral del sujeto. Ni la persona ni la sociedad que permite la pena capital, según ella, están en un óptimo nivel de desarrollo moral. En realidad Fisancho se basa en una teoría psicológico del desarrollo moral de la persona bastante cuestionada para sustentar su rechazo total de la pena de muerte. Curiosamente, o tal vez no, los países más contrarios a la pena de muerte son los europeos, que a su vez son los que más han normalizado el aborto por cualquier motivo, y la eutanasia. Tal es el caso de los países nórdicos como Holanda y Bélgica entre otros. En cambio, en países tradicionalmente católicos como Italia y España hay mucho más rechazo al aborto, al menos viendo las manifestaciones multitudinarias que se dan en las calles de estos países, cosa que jamás de dan en países como Dinamarca o Suecia. En cuanto al desarrollo moral, también llama la atención que en esos países hay menos corrupción política comparado con países como España o Italia. ¿Acaso matar a 100,000 niños antes de poder nacer, triturar sus pequeños cuerpos o quemarlos con soluciones salinas es señal de progreso moral y ética a favor de la vida, mientras se crea un furor en contra de la corrupción que significa aprovecharse de dinero del contribuyente de parte de políticos o funcionarios del Estado para enriquecerse y también propinar una condena sin fisuras a la pena de muerte? Curioso progreso moral ésta.

Pasando ya a examinar el tema de la muerte según la teología católica, comienzo con el sacerdote redentorista Marciano Vidal, que podría llamarse Decano de la Teología Moral en lengua española, habiendo sido Profesor de la Pontificia Universidad de Salamanca durante muchos años y luego de la Pontificia Universidad de Comillas en Madrid. Ha escrito muchos libros que han influido enormemente en la formación de sacerdotes y religiosos. En 2001, luego de unos 25 años de docencia y de haber enseñado un notable cúmulo de errores respecto a la moral caótica y en concreto acerca de la castidad, tres de sus principales libros fueron cuestionados por la Congregación de la Doctrina de la Fe, y se le mandó reescribir su obra Moral de actitudes con la colaboración de la Comisión de Doctrina de la Conferencia Episcopal, labor que después de haberse reunido con dicha comisión declaró imposible. Aquí enlazo la notificación de la CDF sobre la teología moral de Vidal, sus presupuestos equivocados etc. Abriendo este enlace se puede encontrar un tratamiento completo acerca de las censuras de la CDF al P. Vidal y los libros censurados http://es.catholic.net/op/articulos/16514/cat/21/podemos-considerar-a-marciano-vidal-un-moralista-catolico.html
Acerca de su posición soobre la pena de muerte hay que señalar lo siguiente: Presenta lo que llama “visión global” de la moral de la vida humana. Afirma que !No ha calado todavía las exigencias de la moral veterotestamentaria: "no matarás" “ Distingue tres tipos de muerte o privación de la vida, como la llama: el suicidio, el homicidio y lo que llama la “muerte legalizada”. Echa la culpa a la sociedad contemporánea porque no ha sabido todavía “humanizar al hombre ni suprimir los motivos que conducen a ese gesto fatal “. En cuanto al homicidio, sería una suerte de sacrilegio que se atreve a quitar de Dios el poder exclusivo que tiene sobre la vida y la muerte. En tercer lugar, y lo que nos interesa aquí, es lo que llama la muerte “legalizada”, es decir la pena de muerte,también las muertes provocadas por las guerras y las acciones policiales tendentes a mantener el orden público. Afirma que la humanidad no se ha liberado de la “amenaza de la muerte legalizada”. No es que no distinga entre los varios tipos de muerte legalizada y su carácter moral, Sí lo hace. Rechaza la muerte provocada por la conflictividad social que debería de resolverse de manera pacífica y “debe hacerse mediante un estudio minucioso y matizado “. No acepta el argumento de “legítimo defensa” cuando se trata de la vida de un atacante, sea a la sociedad o a un individuo. Más bien, dice, se tiene que examinar los factores que provocan la violencia e implantar una justicia adecuada. Luego cita aprobando un texto de A Iniesta. Éste afirma que los argumentos propuestos a favor de la pena de muerte provienen no de la fe sino de la razón. Afirma que el Estado debería de suprimir la pena de muerte y esgrime en primer lugar el argumento que la una mayoría cada vez más grande la rechaza, y otros argumentos, algunos de los que he señalado arriba como el hecho de que no convence a los delincuente a dejar de delinquir, que no es reparación sin venganza, como la capacidad del Estado de recluir a los peligrosos en cárceles adecuadas. Se trata de una cita de una de las obras de Vidal cuestionadas por la CDF, aunque no necesariamente el juicio de la misma rechaza todo lo que contiene el libro VIDAL, Marciano, Moral de Actitudes, tomo II, Ética de la persona, Ed. Covarrubias, Madrid, 1977, pp. 214-218

Vidal cita el quinto mandamiento del Decálogo “no matarás” sin hacer las necesarias matizaciones. Así se podría concluir que es inmoral matar animales, cosa que no pocos que profesan la falsa religión ambientista y los así llamados animalistas propugnan, al tiempo que rebajan al hombre al nivel de animal permitir la matanza supuestamente terapeútica de la mala llamada eutanasia (palabra proveniente del griego que significaría “buen morir”. Claro, Vidal no afirma estas cosas. En cuanto al suicidio y el homicidio, su moral parece partir de las teorías psicológicas que se olvidan de la maldad del hombre proveniente del pecado original y el cúmulo de pecados personales tal y cómo queda expresado en la Sagrada Escritura, proviene de una sociedad no suficientemente humanizada o mal ordenada, como si estos males se pudieran erradicar de esta manera: “Viendo Yahvéh que la maldad del hombre cundía en la tierrra  y que todos los pensamientos que ideaba su corazón eran puro mal de continuo, le pesó a Yahvéh de haber hecho al hombre en la tierra y se indignó en su corazón” (Gen 6,5). Ciertamente el diluvio es un acto de castigo de Dios, no del hombre y bien sabemos que la venganza le pertenece exclusivamente a Dios (Rom 12,9). Sin entrar en un análisis histórico-crítico del texto de Génesis, podemos señalar de inmediato que el autor o los autores no tuvieron problema en que Dios castigara a los del diluvio con una muerte horroroso quedándose ahogados. En realidad Vidal o el que cita Iniesta no presentan argumentos teológicos en contra de la pena de muerte, sino más bien sociológicos y psicológicos.

San Agustín y Santo Tomás de Aquino  y el magisterio sobre la pena de muerte

Dad la importancia de la Tradición de la Iglesia y de manera especial sus más grandes e importantes testigos que en la Iglesia Occidental ciertamente son San Agustín y Santo Tomás de Aquino, dado que ambos doctores han influido tanto en la formulación de la doctrina del Magisterio en tantos aspectos, creo que no podemos dejar fuera sus posiciones respecto a este tema tan discutido en nuestros días. Menciona a San Agustín también porque vivió al final de la época de los Grandes Padres de la Iglesia, y además de tener un extaordinario conocimiento de la Sagrada Escritura que por un lado manifiesta el plan de Dios al castigar a los malhechores y al mismo pueblo, pero por otro lado abunda en manifestaciones y exhortaciones a ejercer la misericordia. Así, desde el Libro del Génesis, Dios permite al fratricida Caín vivir y le coloca una señal para que otros no lo maten (Gen 4,1-16). Si bien es cierto que Dios castiga a los hombres con el diluvio en tiempos de Noé, igualmente luego de haber salvado al hombre por el arca, hace alianza con Noé y deja el arco iris como señal de esa alianza en la que promete no volver a destruir al hombre y al mundo con un diluvio. Sería prolijo incluir todos los textos bíblicos de ambos testamentos que tienden a moderar la necesaria justicia con la misericordia, pero conviene citar un texto fundamental manejado por los Padres anteriores a San Agustín y por él mismo:

1. Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas.
2.De modo que, quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino, y los rebeldes se atraerán sobre sí mismos la condenación.
3.En efecto, los magistrados no son de temer cuando se obra el bien, sino cuando se obra el mal. ¿Quieres no temer la autoridad? Obra el bien, y obtendrás de ella elogios,
4.pues es para ti un servidor de Dios para el bien. Pero, si obras el mal, teme: pues no en vano lleva espada: pues es un servidor de Dios para hacer justicia y castigar al que obra el mal.
5.Por tanto, es preciso someterse, no sólo por temor al castigo, sino también en conciencia.
6.Por eso precisamente pagáis los impuestos, porque son funcionarios de Dios, ocupados asíduamente en ese oficio.
7.Dad a cada cual lo que se debe: a quien impuestos, impuestos; a quien tributo, tributo; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor.
Se trata de un texto al que acuden muchos de los Padres de la Iglesia al tratar este tema de la pena capital A algunos de ellos les sorprende la contundencia de San Pablo al afirmar que “no hay autoridad que no pro, venga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas”, debido en parte a la arbitrariedad con la que bastantes gobernantes perseguían a los cristianos. San Ambrosio, a quien podemos llamar en cierta manera el mentor de San Agustín debido a su papel en su conversión, Él, igua que la misma Sagrada Escritura, como en general los Padres anteriores, refleja las mismas actitudes comunes respecto a la pena y castigo, es decir, ciertamente hay que ser justos a la hora de castigar los delitos, pero así como Dios aminoró los rigores de la justicia con su misericordia, un gobernante cristiano ha de hacer lo mismo. San Ambrosio actuó con contundencia cuando el Emperador Teodosio fue responsable de una matanza en Tesalónica. Obligó al mismo Emperdor a hacer penitencia pública y le recordó que el Emperador es miembro de la Iglesia, que no está por encima de ella.

En el caso de San Agustín, no podía ser de otra manera para un hombre que contaba con un conocimiento y penetración extraordinarios de la Palabra de Dios, al igual que la Tradición de la Iglesia. Al inicio de su ministerio episcopal se empeño a fondo en el esfuerzo por resolver el cisma de los donatistas a través del diálogo y un gran esfuerzo por lograr superar las divisiones y alcanzar la comunión de ellos en la gran Iglesia. A este esfuerzo enorme dedicó unos 10 años. Hay que tomar en cuenta que los donatistas se consideraban la Iglesia pura debido a su intransigencia al acusar a varios obispos de haber entregado los libros litúrgicos a las autoridades (llamados traditores, del verbo tradere que significa “entregar”) durante la persecución del Emperador Diocleciano en los años 303-305. Además, ellos contaban con un grupo de revoltosos llamados circumcelliones o de lo que podríamos llamar en la terminología actual terroristas, de manera que no se trataba de una disputa circunscrita a cuestiones teológicas como el valor del bautismo y la ordenación de los cismáticos y herejes, sino una cuestión de la seguridad pública. En una ocasión San Agustín logró evitar ser asaltado por ellos casi por milagro al haber cambiado de camino un poco antes. Por lo tanto, al final, sintió la necesidad de buscar el apoyo del brazo secular para intentar arreglar este problema. Es un episodio sumamente estudiado. Aquí no se puede entrar en detalles, pues se necesitaría un libro entero para tratar este tema.

San Agustín vivió en una época bastante convulsa, y ciertamente valoraba el la importancia de orden el la sociedad, pues define la paz como “la tranquilidad en el orden”. Como los demás Padres reconoce el derecho de la autoridad pública a recurrir a la pena capital para proteger la sociedad de los crímenes de malhechores que tendían a alterar tal orden. Como es bien conocido, San Agustín tenía un concepto realista del hombre herido por el pecado y la concupiscencia e incapaz por sus propios esfuerzos de hacer el bien, y por ellos más difícil alcanzar un orden justo en la sociedad. Aunque se empeño a fondo en la resolución del conflicto religioso y social con el donatismo a través del diálogo, llegó a la conclusión de que este método tenía sus límites. Reconoce el derecho del gobernante a recurrir a la pena capital en el caso de los delitos más graves, también considera que un gobernante justo, motivado por principios cristianos templaría la justicia con la misericordia.

Siguiendo la misma línea establecida por la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia representada por los Padres y de manera especial San Agustín, Santo Tomás defiende el derecho del gobernante a ajusticiar a un malhechor que comete delitos muy graves contra la sociedad y utiliza la analogía de la amputación de un miembro del cuerpo humano para salvar la vida de un hombre. Por lo tanto, se puede deducir que debería de tratarse de un peligro grave para la sociedad.
Todo poder correctivo y sancionario proviene de Dios, quien lo delega a la sociedad de hombres; por lo cual el poder público está facultado como representante divino, para imponer toda clase de sanciones jurídicas debidamente instituidas con el objeto de defender la salud de la sociedad. De la misma manera que es conveniente y lícito amputar un miembro putrefacto para salvar la salud del resto del cuerpo, de la misma manera lo es también eliminar al criminal pervertido mediante la pena de muerte para salvar al resto de la sociedad.
Igualmente otros grandes teólogos como Francisco de Vitoria y posteriormente San Alfonso Ligorio, Doctor de la Iglesia debido precisamente a su gran importancia en el campo de la moral, defienden el derecho a la aplicación de la pena de muerte en el caso de ofensas graves a la sociedad.

Paso ahora a señalar lo que han afirmado algunos Papas acerca de este tema: El Papa Inocencio III (1198-1216) , en el caso del problema de los albigenses en el sur de Francia, una secta neognóstica que además de caer en la misma herejía dualista gnóstica que tantos problemas provocó a la Iglesia del siglo II, representaba un grave peligro para la paz social, por todo ello este Papa declaró una cruzada en su contra:
El poder secular puede sin caer en pecado mortal aplicar la pena de muerte, con tal que proceda en la imposición de la pena sin odio y con juicio, no negligentemente pero con la solicitud debida.
El Papa San Pío V (1566-1571), uno de los grandes papas reformistas que se dedicó con gran energía a implementar los decretos del Concilio de Trento, amén de convocar una cruzada en contra del peligro de los turcos que llevó a la victoria de la Batalla de Lepanto (1571) de parte de la Armada Cristiana, tiene lo siguiente que decir acerca de la pena de muerte, no ya sólo en el caso del homicidios y revueltas, sino en el caso de la homosexualidad y la efebofilia de parte del clero:

Por lo tanto, el deseo de seguir con mayor rigor que hemos ejercido desde el comienzo de nuestro pontificado, se establece que cualquier sacerdote o miembro del clero, tanto secular como regular, que cometa un crimen tan execrable, por la fuerza de la presente ley sea privado de todo privilegio clerical, de todo puesto, dignidad y beneficio eclesiástico, y habiendo sido degradado por un juez eclesiástico, que sea entregado inmediatamente a la autoridad secular para que sea muerto, según lo dispuesto por la ley como el castigo adecuado para los laicos que están hundidos en ese abismo
(Horrendus illud scelus, 1568, que traducido significa “Aquel horrendo crimen”, de manera que se ve que la preocupación de la Iglesia por este tipo de crimen no es reciente. También en el siglo XVII, el Papa Benedicto XIV, gran canonista, dictó normas en contra de la pederastia de parte del clero).

Por si alguien piensa que esta doctrina proviene solamente de siglos pasados, el Papa Pío X en su catecismo, pregunta si “Hay cosas en las que es lícito matar?” Y responde: “
Es lícito matar cuando se lucha en una guerra justa; cuando se ejecuta una sentencia de muerte por orden de la autoridad suprema; y finalmente, en casos de necesaria y legítima defensa de la propia vida contra un agresor injusto.
También el Papa Pío XI tiene esto que decir:

Incluso en el caso de la pena de muerte el Estado no dispone del derecho del individuo a la vida. Más bien la autoridad pública se limita a privar al delincuente de la vida en expiación por su culpabilidad, después de que él mismo, con su crimen, se ha privado del derecho a la vida.
Se trata de expiación por la una culpa obviamente muy grave.

Pasamos ahora al período después del Vaticano II y la intervención del Papa San Juan Pablo II en su Encíclica Evangelium Vita, 52-56, en la que trata del tema de la pena de muerte y su intervención representa un cierto cambio y una cierta adaptación a la sensibilidad actual:

Dios se proclama Señor absoluto de la vida del hombre, creado a su imagen y semejanza (cfr.Gen 1, 26-28). Por tanto, la vida humana tiene un carácter sagrado e inviolable, en el que se refleja la inviolabilidad misma del Creador. Precisamente por esto, Dios se hace juez severo de toda violación del mandamiento "no matarás", que está en la base de la convivencia social.
Dios es el defensor del inocente (cfr. Gen 4, 9-15; Is 41,14; Jer 50,34; Sal 19/18,15). También de este modo demuestra que "no se recrea en la destrucción de los vivientes" (Sap 1, 13). Sólo Satanás puede gozar con ella: por su envidia la muerte entró en el mundo (Jn 8, 44), engañando al hombre, lo conduce a los confines del pecado y de la muerte, presentados como logros o frutos de vida.

Matar un ser humano, en el que está presente la imagen de Dios, es un pecado particularmente grave. ¡Sólo Dios es dueño de la vida! Desde esta perspectiva situamos el problema de la pena de muerte, respecto a la cual hay, en la Iglesia como en la sociedad civil, una tendencia progresiva a pedir una aplicación muy limitada e, incluso, su total abolición. El problema se enmarca en la óptica de una justicia penal que sea cada vez más conforme con la dignidad del hombre y por tanto, en último término, con el designio de Dios sobre el hombre y la sociedad. En efecto, la pena que la sociedad impone "tiene como primer efecto el de compensar el desorden introducido por la falta". La autoridad pública debe reparar la violación de los derechos personales y sociales mediante la imposición al reo de una adecuada expiación del crimen, como condición para ser readmitido al ejercicio de la propia libertad. De este modo la autoridad alcanza también el objetivo de preservar el orden público y la seguridad de las personas, no sin ofrecer al mismo reo un estímulo y una ayuda para corregirse y  enmendarse.


Es evidente que, precisamente para conseguir todas estas finalidades, la medida y la calidad de la pena deben ser valoradas y decididas atentamente, sin que se deba llegar a la medida extrema de la eliminación del reo salvo en casos de absoluta necesidad, es decir, cuando la defensa de la sociedad no sea posible de otro modo. Hoy día, sin embargo, gracias a la organización cada vez más adecuada de la institución penal, estos casos son ya muy raros, por no decir prácticamente inexistentes.


Nótese que los motivos que justifican las penas son: a necesidad de compensar el desorden introducido en la sociedad, la expiación del crimen, la reparación del daño causado a la sociedad. Sin entrar en la moralidad de la pena capital, tiende a reducir drásticamente su posible aplicación por la consideración según la cual no sería necesaria en el caso de que haya una adecuada organización de la “institución penal”. Se trataría, pues, de un juicio prudencial aplicable en estos tiempos y no una descalificación de la pena capital en sí misma.


Estos puntos quedan recogidos en el Catecismo 2265-2267: ver este pasaje clave:

Dios se proclama Señor absoluto de la vida del hombre, creado a su imagen y semejanza (cfr.Gen 1, 26-28). Por tanto, la vida humana tiene un carácter sagrado e inviolable, en el que se refleja la inviolabilidad misma del Creador. Precisamente por esto, Dios se hace juez severo de toda violación del mandamiento "no matarás", que está en la base de la convivencia social.
Dios es el defensor del inocente (cfr. Gen 4, 9-15; Is 41,14; Ier 50,34; Sal19/18,15). También de este modo demuestra que "no se recrea en la destrucción de los vivientes" (Sap 1, 13). Sólo Satanás puede gozar con ella: por su envidia la muerte entró en el mundo (Jn 8, 44), engañando al hombre, lo conduce a los confines del pecado y de la muerte, presentados como logros o frutos de vida.

El Papa Francisco recientemente, teniendo en cuenta el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, ha apelado a los Estados de dejar de aplicar este pena al menos en esta ocasión. También ha tenido otras intervenciones sobre el tema. En su discurso ante el Congreso de los Estados Unidos ha pedido la eliminación de la pena de muerte. Sin embargo, es competencias de las legislaturas estatales y varía según los Estados. Pareciera que es un tema favorita de él considerando el número de veces que lo ha tocado. Debido a su gran insistencia en la misericordia, se puede comprender su rechazo de la pena de muerte. Ciertamente es notable la insistencia del Papa Francisco sobre este tema. Ha escrito una carta al Presidente de la Comisión Internacional contra la Pena de Muerte https://w2.vatican.va/content/francesco/es/letters/2015/documents/papa-francesco_20150320_lettera-pena-morte.html


Como es lógico, parte de la doctrina ya existente de parte del Papa Juan Pablo II, arriba citada como del Catecismo.


Los Estados pueden matar por acción cuando aplican la pena de muerte, cuando llevan a sus pueblos a la guerra o cuando realizan ejecuciones extrajudiciales o sumarias. Pueden matar también por omisión, cuando no garantizan a sus pueblos el acceso a los medios esenciales para la vida. «Así como el mandamiento de “no matar” pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir “no a una economía de la exclusión y la inequidad”» (Evangelii gaudium, 53).
La vida, especialmente la humana, pertenece sólo a Dios. Ni siquiera el homicida pierde su dignidad personal y Dios mismo se hace su garante. Como enseña san Ambrosio, Dios no quiso castigar a Caín con el homicidio, ya que quiere el arrepentimiento del pecador y no su muerte (cf. Evangelium vitae, 9).

Al mencionar la guerra, no la cualifica con la frase “guerra justa”. No son pocos que hoy en día proponen el argumento según la cual una guerra moderna no puede en ningún caso ser justa, debido al tipo de armamento que se utiliza y dificultad de evitar que las poblaciones civiles queden afectadas, como se ve de manera patente en la actual guerra de Siria. También está la experiencia de la Segunda Guerra Mundial, que probablemente empezó como una guerra justa, pero antes del final, las mismas potencias occidentales democráticas como son Estados Unidos y Gran Bretaña, realizaron unos bombardeos sobre ciudades alemanas, como es el caso de los ataques a Dresden, que no parecen haber tenido ningún objetivo de tipo militar. En Dresden, murieron más personas que en Hiroshima. Como el ejemplo de lo que sucedió en los años 30 cuando Hitler subió al poder, el pacificisimo es muy peligroso, porque parece ser una invitación a los agresores a atacar. Parece que en este momento la Santa Sede favorece un ataque militar para acabar con el Estado Islámico, de manera que no se puede decir que la Iglesia rechaza ya la doctrina clásica de la guerra justa, formulada por San Agustín y Santo Tomás de Aquino.


Conclcusión


El Papa Francisco parece “empujar más el sobre” (como se dice en inglés) en el caso de la pena capital al afirmar que hoy en día es “inadmisible”. No abunda en los motivos de esta afirmación, pero es de suponer que son los que señalaba Juan Pablo II arriba mencionados. Con esta palabra evita pronunciarse sobre la moralidad de esta pena extrema. ¿Qué significa “inadmisible”? Pues que se debe de considerar inaceptable. ¿Cómo puede ser inadmisible o inaceptable y no ser inmoral? Suponemos que el Papa es consciente de toda la carga de pruebas desde la misma Sagrada Escritura, los Padres de la Iglesia, grandes doctores y el mismo Magisterio de muchos papas a lo largo de los siglos, de manera que no puede decir que es inmoral o que está prohibida. ¿Si hoy en día es inadmisible, podrían darse circunstancias en el futuro en las cuales sería admisible? ¿Se trata de un juicio moral o de un juicio prudencial que el Papa considera perentoria en las circunstancias actuales, pero no vinculante en otras? Si es “inadmisible”, ¿quiere decir que legisladores que mantienen leyes que mandan aplicarla, jueces que aplican tales leyes, verdugos que las ejecutan cometen pecados si cumplen sus funciones, o que debieran declararse objetores de conciencia y rehusar la aplicación de tales leyes y sentencias? El Papa Francisco no responde a tales preguntas, pero a mi parecer, dado que NO PUEDE SER DECLARADA INMORAL debido al cúmulo de doctrina que la avala, aunque tanto en la misma Sagrada Escritura como en la Tradición de la Iglesia, se tiende a motivar a los gobernantes a ejercer misericordia, no es inmoral ni están obligados a declararse objetores de conciencia. No se trataría de la cooperación en un mal, como sería el caso de parlamentarios, médicos y otro personal que coopera en el aborto o la eutanasia. Pese a que el Papa Francisco lleva una campaña notable e insistente para intentar lograr la eliminación de la pena capital, a mi juicio, NO ES INMORAL. Ni el Papa Juan Pablo II,  ni Francisco han dicho que es inmoral.
Ahora bien, se podría preguntar sobre la conveniencia de este tipo de campañas de parte del mismo papa, la Conferencia Episcopal de Estados Unidos y muchos de sus miembros en declaraciones individuales. La Iglesia tanto en Estados Unidos como en los demás países se ha opuesto frontal y constantemente contra el aborto, eutanasia y el así llamado “matrimonio gay”, que sin una sombra de duda constituyen un mal muy grave para las personas y la sociedad. ¿No será que esta campaña en contra de la pena de muerte confunda a los fieles y a los demás ciudadanos, no muy capaces en el momento de hacer distinciones teológicas entre doctrina de la Iglesia es es moralmente vinculante y juicios prudenciales? Creo que sí existe este peligro, pero hemos de suponer que ni el papa ni los obispos consideran tan importante tal peligro como para que no insistan tanto en la eliminación de la pena de muerte.


Otro tema es que si la muerte física es un mal tan grave para el cristiano que en ocasiones se tiene que sacrificar. No es un bien absoluto, pues si así fuera, el martirio no sería un acto tan apreciado desde siempre en la Iglesia. Se puede exponer la vida al peligro de perderla por motivos congruentes, como para salvar la vida de otros en actos heroicos, o en el caso de los agentes de Policía y los bomberos para salvaguardar la vida de otros o para proteger la sociedad. El cristiano considera que en esta vida somos peregrinos y vamos hacia la patria verdadera. Además, cualquier cristiano ha de preferir la muerte que cometer un pecado mortal, pues así gana el verdadero premio de la vida eterna. También en el caso de una guerra justa. Es curioso, por decir poco, que toda esta sensibilidad acerca de la pena de muerte tiene más fuerza en países donde se ha perdido la fe cristiana y se tiende a perseguir y ridiculizar a los que hacen manifestaciones públicas de su fe cristiana, como es el caso de Europa. ¿Alguna vez, un político hace referencia a Dios en un discurso o actuación pública? En los últimos tiempos hay un laicismo cada vez más radical y beligerante en contra del Catolicismo, pero la historia de España y su cultura es incomprensible sin la Iglesia. En cambio, en Estados Unidos, es completamente natural escuchar a políticos referirse a Dios. Los fundadores de la república tenían bien asimilado el hecho de que el experimento de una república con las características necesariamente tenía que fundamentarse “en Dios”. Por algo está escrito en el dólar “en Dios confiamos”, en la promesa de fidelidad que se hace ante la bandera se menciona que se trata de “una nación bajo Dios”. Cada sesión del Congreso comienza con una oración recitada por el capellán. Sin embargo, es el país occidental en el que más se mantiene la pena de muerte. ¿Algo se podrá deducir de este hecho?


Es más, los países que más se oponen a la pena de muerte ya han normalizado el aborto y lo han convertido en un pseudo derecho, un derecho a matar a los seres más inocentes gracias a aspiradoras que trituran sus pequeños cuerpos o quemándolos con una solución salina. Recientemente he leído que en algún Estado de Estados Unidos se ha propuesto que se mate a los niños no nacidos con una solución salina que no les duela. A tal extremo se ha llegado, les preocupa que al niño no nacido le duela el asesinato sanitaria que le administran, mientras se rasgan las vestiduras sobre la pena de muerte.

El Papa San Juan Pablo II, el Catecismo y el Papa Francisco con más fuerza afirman la inconveniencia e incluso la inadmisibilidad de la pena de muerte basándose en el argumento según el cual los Estados modernos cuentan con otros medios eficaces para castigar a los malhechores. Como he señalado, este juicio no pasa de ser prudencial y no declara la pena de muerte moralmente reprobable, por las razones indicadas. Ahora bien, ¿podría llegar otro momento histórico cuando sí tal pena resulte "admisible"? ¿Cuáles pudieran ser las circunstancias que meritarían cambiar este juicio prudencial? Mencioné al inicio el hecho de que uno solo terrorista o unos cuantos han podido han podido matar a una gran cantidad de personas inocentes. Supongamos que las fuerzas de seguridad del Estado no dan de abasto para luchar contra los terroristas y la vida de los ciudadanos está en cada vez más peligro, ¿podrían los Estados reintroducir la pena de muerte? Habría que ver si de verdad sería eficaz. Su utilización como arma de lucha en contra de los terroristas yahidistas podría ser inútil, porque según la doctrina islámica que profesan, ellos tienen un deber de practicar la yihad y se se mueren o se suicidan en el proceso llegan al cielo islámica que consiste en el gozo sexual de 72 vírgenes. Otro problema que surge es que al encarcelar a este tipo de fanático suelen convencer a otros, incluso no musulmanes a convertirse en musulmanes y sumarse a la yihad.  En un caso extremo, que ya no parecer tan improbable y debido a que cuesta mucho a la sociedad, tanto los procesos judiciales como el encarcelamiento de terroristas, ¿no sería mejor aplicar la pena de muerte debido a que la sociedad ya no puede soportar tanto gasto que implica la lucha contra el terrorismo, las medidas de seguridad etc.?  Se podría argumentar que aplicarles la pena de muerte a este tipo de criminal es menos extremo y una pena menos "cruel e inusual" que mantenerlos encarcelados por ejemplo en una isla remota del Pacífico. Es poco probable que este tipo de terrorista tan fanático vaya a cambiar de idea, máxime si como es el caso del islam, la religión lo manda matar. 

Por lo tanto, a mi parecer, no se puede excluir sic et simpliciter o declarar inmoral  la pena de muerte basándose en un argumento que no va más allá de ser un juicio prudencial, aunque no se tendría que olvidar que tanta la Sagrada Escritura como toda la Tradición de la Iglesia, como el Papa Francisco ha asimilado tan bien, aboga también por la misericordia como el  modo como Dios actúa con sus criaturas debido al pecado original y sus consecuencias que llevan al hombre a pecar o no poder evitar el pecado sin la intervención de la gracia. No creo que se pueda ir más lejos de lo que ha hecho el Papa Francisco debido al peso de toda la Tradición y la misma Escritura. 










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sábado, 20 de febrero de 2016

HOMILÍA, SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA, 21 DE FEBRERO DE 2016, CICLO C: LA TRANSFIGURACIÓN

HOMILÍA, SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA, CICLO C: LA TRANSFIGURACIÓN

Si nos fijamos en las oraciones de las misas de estos días de Cuaresma, nos daremos cuenta de que constantemente nos invitan a la penitencia y a la austeridad, que es obviamente uno de los temas principales de la disciplina de la Cuaresma que nos propone la Iglesia. En estos tiempo cuando abunda el materialismo consumismo y en general la búsqueda del confort, nos hace mucha falta este mensaje. Sin embargo, hoy en este segundo domingo de Cuaresma es tradicional la lectura del evangelio de la Transfiguración, como parte de la pedagogía de la Iglesia. Nos quiere enseñar que ciertamente la austeridad y la penitencia son esenciales en la vida cristiana, pero no debemos olvidar el verdadero motivo de tales prácticas. A través de la contemplación de este misterio de la Transfiguración, que en griego, la lengua del Nuevo Testamento, se dice “metamorfosis” o “cambio de forma”, nuestra vida no se circunscribe a este mundo con todos los dolores y sufrimientos que conlleva. Nos pone delante la meta en el camino, como hizo Dios en el caso con los apóstoles para que por unos momentos pudieran alcanzar a ver en Jesús un adelanto de la esperanza que nos tiene preparada. Con razón, San Pedro en su primera carta exhorta a los primeros cristianos “de la dispersión” que sufrían mucho porque eran pocos en medio de un mundo muy pagano y persecuciones de parte de los judíos: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarescible, reservada en los cielos para vosotros, a quienes el poder de Dios, por medio de la fe, protege para la salvación” (1 Pe 1, 3-5). Es decir, en medio de las luchas y el gran esfuerzo que implica ser fieles a la vocación cristiana, el Señor nos quiere consolar con esa gran esperanza y un adelanto de lo que va a ser la verdadera vida a la que nos llama, y en la que ya de alguna manera participamos ya en este mundo como peregrinos en un país en parte extraño.

Empecemos con nuestra primera lectura del Libro del Génesis, que nos relata la vocación de Abraham y la alianza que Dios hizo con él. Como se nos indica allí, Dios irrumpio en la vida de este primero de las Patriarcas con quien Dios da inicio a la grande y maravillosa historia de la salvación que culmina en la vida, ministerio, muerte y resurrección de Nuestro Señor. Él vivía en una ciudad muy antigua llamada Ur, que se encontraba al sur de la Mesopotamia, ahora Irak, y le manda salir de su tierra y de la casa de su padre, e ir a donde Él, un Dios que apenas conocía, primero hacia el norte a una ciudad que se encontraba en Siria, Jarán,  y posteriormente a Caná, o lo que ahora llamamos Tierra Santa. A Abraham le hace dos promesas: una herencia numerosa y una tierra fértil, pero se presentaban grandes obstáculos a este plan, ante todo por la vejez tanto de Abraham como de Sara, su esposa. Hemos escuchado que “Abraham creó al Señor y se le contó en su haber”. La irrupción de Dios en la vida de Abraham, uno de los momentos emblemáticos de la historia de la humanidad, la experimentó Abraham en su sueño una llamarada de fuego. La luz y el fuego han sido  siempre en la Biblia símbolos de Dios y de su amor ardiente de Dios. En la Transifugración los tres apóstoles encentran a Jesús envuelto en una luz celestial-  Él se rebaja a hacer un pacto sagrada con Abraham y éste le responde con su fe.

Nuestra segunda lectura está tomada de la Carta de San Pablo a los Cristianos de Filipo que en el momento de escribirla se encontraba en la cárcel. Filipo era la primera ciudad a la que llegó San Pablo en Europa, episodio que relata San Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles (16, 11-15). San Pablo sentía un gran cariño hacia la comunidad cristiana de Filipo y ellos habían enviado a uno de sus miembros a visitarle y llevarle ayuda en su necesidad.

En primer lugar San Pablo lamenta el hecho de que son muchos los que “andan como amigos de la cruz de Cristo, su paradero es la perdición, su Dios el vientre, su gloria sus verguenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas”. Es decir, están sumidos en lo que podríamos llamar el hedonismo, el materialismo y la vanidad. Lamentablemente la gran mayoría de los católicos hoy en día cae en esta categoría, de los que “sólo aspiran a cosas terrenas”. Preguntémonos cuántas veces a lo largo del día, de la semana nos acordamos de Dios, rescatamos unos momentos, siquiera segundos para elevar nuestra mente, nuestro corazón a Él y renovamos nuestro compromiso de buscar la verdadera felicidad en el cumplimiento de su voluntad.

“Nosotros por el contrario somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador, el Señor Jesucristo”. Un ciudadano es uno que normalmente nace en un lugar concreto, está afincado arraigado allí. Su misma identidad está constituido en buena medida por el lugar de su nacimiento, la cultura y las tradiciones que ha asimilado allí. Nosotros hemos nacido y hemos sido criados en países de antiguo arraigo cristiano y católico, y eso ha marcado nuestra identidad. Sin embargo, en estos tiempos de grandes y rápidos cambios en los que se rechaza con gran facilidad lo antiguo y lo tradicional y se acoge ciertos términos “talismán” como la modernidad y el cambio, no basta ser católicos culturales, es decir, urge una opción personal y consecuente de la fe en la que hemos nacido y en la que hemos sido bautizados. Se ha apoderado de nuestro mundo occidental actual una mentalidad, una manera de ver el mundo, unos deseos y apetitos que son totalmente contrarios a la visión cristiana del mundo, a las actitudes de Jesucristo que encontramos en el evangelio. La mayor parte de la gente está “evangelizada” por estas actitudes gracias principalmente a la televisión. ¿Y qué es el cielo? El cielo es donde está Dios, Jesucristo. Él, gracias al triunfo de su resurrección sobre el mal, el pecado y la muerte,  ha inaugurado un nuevo mundo, una nueva creación y a partir de su Ascensión se encuentra allí con Dios su Padre, pero en su misma humanidad. La nueva creación no implica una destrucción del mundo o del universo que conocemos, sino una transformación “metamorfosis”, cosa que ha empezado con la resurrección corporal de Jesús. Si ésta es nuestra meta, ¿no debemos anhelar llegar a tal meta a que se cumpla no solamente en nuestra vida personal, sino en nuestros familiares y amigos este sueño de Jesús de llevarnos consigo a la verdadera felicidad que buscamos muchas veces donde no se encuentra?

La Cuaresma tiene su sentido como un período de entrenamiento intenso espiritual para poder celebrar adecuadamente la Pascua que es el misterio central que celebramos siempre en la misa y en todos los demás actos litúrgicos. Los deportistas, gimnastas artísticos pasan mucho tiempo en el gimnasio y en entrenamientos en general para poder participar en los certámenes como las olimpiadas y otras. Ellos se sacrifican enormemente para poder representar su país en tales juegos y alcanzar la gloria que va con una medalla olímpica. Ellos tiene clara en su mente la meta y sus esfuerzos están enfocados. Cuando San Pablo dice que somos ciudadanos del cielo, no quiere decir que debemos olvidarnos de este mundo. Como los atletas que para poder alcanzar la gloria del triunfo en un certamen, han de llevar un régimen estricto de entrenamiento, así nosotros, si no hacemos un entrenamiento correspondiente en nuestra vida en este mundo, no podremos alcanzar la meta de la gloria que no se marchita. Recordemos lo que dice Jesús en las parábolas del tesoro en el campo y la perla preciosa. Aquellos vendieron todo lo que tenían para comprar el campo o la perla porque eran más valiosos que todo el resto. San Pablo explica cómo hemos de unirnos al Señor y participar en la energía que él como resucitado tiene y quiere comunicarnos para poder alcanza la meta de estar con Él en el cielo: “El transformará nuestro cuerpo frágil en cuerpo humilde, según su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo”.

En la Biblia, las montañas son lugares especialmente aptos para el encuentro con Dios. Para subir una montaña, hay que hacer un gran esfuerzo y querer de verdad llegar a la meta y poder gozar de la hermosura del paisaje, habiéndose apartado de los quehaceres diarios. Dios se revela a Moisés en la montaña de Sinaí, tambíén llamada Horeb, y subió al Monte Carmelo. Igual que Elías en la misma montaña. San Mateo tiene a Jesús en la montaña para da su gran Sermón que sintetiza su doctrina moral. Jesús se retiraba con frecuencia a la montaña a orar toda la noche, y Getsemaní está en el Monte de los Olivos en las afueras de Jerusalén. San Lucas tiene a Jesús hablando con Moisés y Elias, habla acerca de su “éxodo” que se iba a dar en Jerusalén, es decir, su pasión y muerte. Para San Lucas Jerusalén es el centro neurálgico de toda la vida de Jesús y allí se da inicio a la Iglesia que llega al final de los Hechos de los Apóstoles con San Pablo a Roma.



 Pidamos al Señor en este Segundo Domingo de Cuaresma la gracia de no olvidarnos del hecho de ser ciudadanos del cielo, que nuestra vida cristiana es un caminar, subir la montaña de Dios de la mano de Jesús y al lado de nuestros hermanos en la fe, para poder alcanzar también nosotros la meta de la vida eterna. Dice Jesús que el camino es es empinado y la puerta estrecha. Por ello, la Iglesia nos proporciona este tiempo de Cuaresma para ejercitarnos, entrenarnos para poder subir por la vereda de esa montaña que lleva al encuentro con el Señor. El fin del ayuno, la penitencia, la oración y los esfuerzos que nos pide la Iglesia en la Cuaresma para ser solidarios con nuestros hermanos más necesitados no es un sentido de satisfacción por haber hecho algo bueno, o la buena fama que podríamos ganar de otros, sino se trata de un ejercicio para aprender a amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y al prójimo con a nosotros mismos. El cielo es precisamente el florecimiento de este amor que es entrega y generosidad, que es perdón y que da la paz.

sábado, 13 de febrero de 2016

HOMILÍA PRIMER DOMINGO DE CUARESMA, CICLO C, 14 DE FEBRERO DE 2016

HOMILÍA DEL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA, CICLO III

La Cuaresma tiene su origen en los primeros siglos de la era cristiana como un período de preparación espiritual para la celebración de la principal, la Pascua y, en aquellos primeros siglos, la única fiesta anual. Los cristianos consideraban que era necesaria un día, nuestro actual Sábado Santo, o posteriormente dos, de ayuno. Sin tal ayuno consideraban que no se podía celebrar adecuadamente la gran fiesta del paso (la palabra Pascua proviene del hebreo pesaq, traducido al griego y al latín como pascha, que significa paso o tránsito). En primer lugar de Jesús a través del dolor y la muerte en la cruz a la victoria definitiva de la resurrección, a través de la cual se ha inaugurado la nueva creación, en la que ingresaban por su bautismo. Tomaban en serio el deber del ayuno y se trataba de abstenerse totalmente de alimentos el día sábado y posiblemente también el viernes anteriores a la Gran Vigilia de la Pascua. Ya en el siglo III se empezó a establecer el catecumenado como un período de intensa preparación para el bautismo que duraría hasta tres años a partir de la época de Constantino. Dentro del catecumenado, sin olvidar la importancia del ayuno y la intensificación de la oración,, se fue estableciendo los últimos cuarenta días (de ahí la palabra cuaresma o cuarenta) como etapa final del catecumenado cuando los a candidatos para el bautismo se les preparaba más intensamente con a ayuda de una serie de sermones o catequesis dadas por los obispos, y otros ritos como la entrega del Credo y del Padre Nuestro, culminando en la gran Vigilia Pascual, llamada por San Agustín “la madre de todas las Vigilias”, que se celebraba desde la medianoche hasta la aurora del Domingo de Pascua. Esta celebración alcanzaba una grandísima intensidad espiritual y se pensaba que la vuelta gloriosa del Señor Resucitado se daría precisamente en una noche de Pascua. Así como Jesús había inaugurado la nueva creación, el nuevo mundo por su resurrección de la tumba en la primera mañana de Pascua, su venida gloriosa en la que completaría toda la obra de Dios a favor de los hombres y el mundo entero, cuando acabaría con todo el mal y establecería el Reino definitivo de Dios, se daría de esa manera. Además, los cuarenta días de Cuaresma traen a la memoria los 40 días de oración, ayuno y las tentaciones del demonio que vivió Jesús en el desierto después de su bautismo y antes de dar inicio a su ministerio público.

A partir del siglo IV, comenzando en Jerusalén, debido a que allí se encuentran los lugares santos donde Jesús vivió los últimos días y horas de su vida, se dio inicio a una conmemoración histórica con peregrinaciones a esos lugares, en las basílicas que Constantino había levantado en Jerusalén. Así se extendió la celebración a todos los días de la Semana que hoy llamamos Santa. A lo largo de los siglos se fue perdiendo muchos aspectos importantes de aquella celebración primordial de la gran Vigilia , que como he dicho, en el siglo II era la única celebración anual,mientras la Pascua también se celebraba cada domingo desde los primerísimos tiempos. Hasta el año 1952. cuando el Papa Pío XII, como fruto de una cuarentena de años de estudios litúrgicos que se denomina el Movimiento Litúrgico, restauró la Vigilia y estableció la celebración del Triduo Pascual como hoy en día la conocemos. Antes de esa fecha no se celebraba la Vigilia y se consideraba que la Pascua empezaba a partir de mediodía de Sábado Santo, que se llamaba “Sábado de Gloria”, que es un error, porque la Pascua no se dio en el sábado sino en el tercer día, es decir, el domingo, que era precisamente el primer día de la semana, y considerado también el prime día de la nueva creación o el octavo día. Recordemos que el Libro del Génesis relata en su primer capítulo la creación del mundo en un esquema de seis días y el séptimo día, el sábado como día de descanso de Dios. Pues, la nueva creación comienza con el Domingo de Resurrección.

En este Primer Domingo de Cuaresma tradicionalmente escuchamos la lectura del relato de los cuarenta días de Jesús en el desierto en oración y ayuno y las tentaciones del demonio. Hoy, sin embargo, quiero fijarme en la primer lectura del Libro del Deuterónimo, el quinto y último libro del Pentateuco, situado al otro lado del Río Jordán como discurso de Moisés al pueblo antes entrar en la tierra prometida. Se trata de una profesión de fe del pueblo de Israel basada en la historia de las intervenciones de Dios a favor del pueblo, empezando con la vocación de Abrahán, la bajada de Jacob y sus hijos a Egipto siendo pocos, cómo se multiplicaron allí, para dar paso al recuerdo de la opresión del Faraón, la intervención de Dios para liberarlos del poder del Faraón y llevarlos a la tierra que había prometido a Abrahán, tierra que mana leche y miel, tierra en la cual estaban a punto de entrar. Todas estas obras maravillosas de Dios exigen como deber de justicia postrarse ante Dios rindiéndole culto y agradeciéndole por tanta bondad como la que les había manifestado en su historia hasta aquel momento.

La fe de Israel se basa en hechos históricos concretos. La palabra fe proviene del latín fides al castellano que significa confianza. Se trata de una virtud que dispone al hombre aceptar las verdades reveladas por Dios y expresadas en el Credo de la Iglesia, no por la evidencia intrínseca que tienen sino en virtud que que Dios la evidencia que tienen en sí mismas, sino basados en que confiamos en Dios que no puede engañar ni ser engañado. La inteligencia no encuentra suficientes motivos intrínsecos para creer en lo que Dios revela, sino tiene que intervenir la voluntad para mandar a la voluntad que las crea. Verdades como el misterio de la Santísima Trinidad, la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, o la transformación del pan y del vino en el cuerpo y sangre de Jesucristo no se pueden conocer por la razón, ni la mente tiene motivos suficientes para acogerlas racionalmente. Por ello, interviene la voluntad para mandar a la inteligencia a asentir a estas y otras verdades de fe.

El recuerdo de las grandes maravillas, que menciona nuestra primea lectura de hoy, constituían motivos para que el pueblo de Israel pusiera su fe en las promesas de Dios y esperara su posterior cumplimiento. Son hechos reales históricos que formaban parte de las tradiciones del pueblo y se traspasaban de generación a generación.

Con la llegada de Jesús al mundo, con su predicación, sus milagros y sobre todo su resurrección corporal se fueron cumpliendo las promesas de Dios a su pueblo. Ahora podemos pasar a comentar nuestra segundo lectura tomada de la Carta de San Pablo a los cristianos de Roma, la manifestación más profunda de la teología de San Pablo, enviada a Roma, a donde todavía San Pablo no había llegado.

Pablo comienza citando el mismo Libro del Deuteronomio: “La palabra está cerca de ti; la tienes en tus labios y en el corazón”. Y prosigue: “Se trata del mensaje de la fe que anunciamos”. Se trata de un anuncio de salvación. El hombre bíblico estaba convencido del hecho de que Dios creó un mundo bueno, muy bueno, pero igual que nosotros sabía perfectamente que nuestro mundo está en mala situación; pues en en él abunda el mal de todo tipo. Si Dios es capaz de crear un mundo muy bueno y ahora vemos que no lo es tanto, sí es un Dios todopoderoso; por lo tanto, al final tiene que arreglar el desaguisado que el hombre ha creado en el mundo maravilloso creado por Él. Éste es precisamente el plan de salvación de Dios. Los Padres de la Iglesia se imaginaba la situación del hombre individual, como también de toda la comunidad humana, como un naufragio de uno de los barcos de madera que utilizaban en aquella época. Lo imaginaban también como el diluvio y el Arca de Noé. En el bautismo, Dios le pasa al hombre una tabla de salvación, gracias a la cual se salva el hombre individual del naufragio y lo incorpora en su Iglesia que es la comunidad encargada de preparar un mundo nuevo para que luego se completa la obra de Dios con la bajada de la Nueva Jerusalén del cielo, como se relata en los últimos capítulos del Apocalipsis, cuando Dios “hará nuevas todas las cosas”. El primer paso en este gran proyecto de Dios es la proclamación de la Palabra de Dios y su acogida en la fe.

San Pablo prosigue y escribe: “Por la fe del corazón, llegamos a la justicia”. La justicia es uno de los concepto fundamentales que maneja San Pablo, pero no consiste en nuestro concepto actual de justicia que tiene que ver con tribunales y la imagen de una mujer con una balanza en la mano con la intención de establece la medida correcta de las cosas y los asuntos. Se trata de rectificar la situación que se ha provocado en el mundo debido al pecado, que se remonta a los mismos inicios de la historia. La justificación, pues, según San Pablo, es el paso del estado de enemistad con Dios debido al pecado y sus consecuencias al estado de comunión e amistad con Él. Se realiza ante todo en la muerte de Jesús en la cruz. Él murió por todos cargando sobre sí el peso de nuestros pecados y abriendo la puerta para que nosotros podamos entrar en su Reino, que es reino de paz, de justicia, de amor y de libertad, porque el pecado es precisamente un poder, un peso, una losa que pesa sobre todo hombre y sobre la sociedad entera. Como resultado de esta obra de Dios realizada en Jesús, tenemos la unión y la armonía de todo el género human, en palabras de San Pablo, “griegos y judíos”.

La fe también es una virtud. ¿Y qué es una virtud? Según Santo Tomás de Aquino, es un hábito, una disposición permanente que a través su práctica constante se convierte en parte de nuestro ser. Las virtudes se dividen en teologales, la fe, la esperanza y la caridad; y las morales que desde tiempo de los filósofos griegos se reúnen bajo las virtudes llamadas cardinales(cardo en latín significa bisagra). La prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Una virtud es como un músculo, se fortalece con la práctica o el ejercicio. Las virtudes teologales se llaman también infusas, porque no podemos alcanzarlas por nuestras propias fuerzas sino que son dones de Dios, que él nos da con la gracia o la justificación y en el bautismo, que es Sacramento de Fe. Todos los sacramentos requieren la fe y su eficacia depende de nuestra fe.


Por todos estos motivos, y de manera especial por la relación que la Cuaresma tiene y ha tenido siempre con el bautismo, la Iglesia desea que en este tiempo volvamos a los fundamentos de nuestra vida cristiana y en primer lugar la fe. En nuestro mundo actual secularizado y paganizado la fe se está debilitando y un gran porcentaje de católicos abandonan las prácticas que fortalecen la fe, como son el estudio y la meditación de la Palabra de Dios, la practica de los sacramentos, oración, la penitencia y el ayuno y la limosna o la práctica de la misericordia. En esto queda retratado lo que la Iglesia nos propone en este tiempo de gracia que es la Cuaresma. 

sábado, 6 de febrero de 2016


IV DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO, CICLO C, 31 DE ENERO DE 2016



Hoy nos toca reflexionar sobre nuestra segunda lectura de hoy de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios en su capítulo 13, es decir, el Himno a la Caridad, uno de los pasajes más emblemáticos de toda la Biblia. Luego de haber tratado de los carismas, o dones gratuitamente entregados por el Espíritu Santo a los cristianos para el bien y la edificación de su Iglesia. Algunos de los corintios valoraban excesivamente el don de las lenguas o la glosolalia. San Pablo desea poner las cosas en su sitio y les asegura que el don de lenguas no es de lejos lo más importante en la Iglesia, y los invita “ambicionar los carismas mejores” y se lanza a su gran himno de la caridad.



En primer lugar, deseo poner el amor o la caridad en su contexto en la vida cristiana según lo que Dios nos ha revelado. San Juan nos dice en su primera carta que “Dios es amor” y Jesucristo resume toda la Ley y los profetas en el mandamiento de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alama y con todas las fuerzas y al prójimo con a uno mismo. Está clara, pues, la supremacía del amor en el cristianismo. Con él está relacionada la misericordia, como decía San Juan Pablo II, el aspecto más exquisito del amor de Dios hacia nosotros, el perdón que caracteriza a Dios, como podemos deducir de la Parábola del Buen Samaritano y sobre todo de la misma vida de Jesús, que lo impulsó hasta la entrega suprema de sí mismo en la cruz y que nosotros podemos actualizar y en cierto sentido participar a través de nuestra celebración de la Eucaristía, memorial y su entrega total de sí mismo anticipada en la Última Cena cuando instituyó la misma Eucaristía, nos entregó su nuevo mandamiento con la nueva medida “como yo os he amado”, y a través del gesto del lavatorio de los pies de los apóstoles anticipó lo que iba a hacer el día siguiente en la cruz.



Hace tres domingos hemos tenido la oportunidad de celebrar la Fiesta del Bautismo del Señor y de reflexionar sobre el sentido de nuestro propio bautismo, cuyo fin ha sido nuestra incorporación en Jesucristo como hijos de Dios, “hijos en el Hijo”, “partícipes de la naturaleza divina”, en palabras de la Segunda Carta de San Pedro. San Pablo escribía a los cristianos de Roma que hemos “muerto con” o “conmuerto” con Cristo, hemos sido “consepultados “ con Él en el bautismo y también escribe a los colosenses que hemos “resucitado con Cristo y nuestra vida está escondida con Cristo en Dios”. Jesús enseña a Nicodemo en el Evangelio de San Juan la necesidad de nacer de nuevo “del agua y del Espíritu Santo”. Todas estas afirmaciones constituyen parte del fundamento de la doctrina de la Iglesia acerca de la gracia o la divinización. Mientras San Pablo habla más bien de la gracia y la justificación y de una adopción para ser hijos de Dios, es decir, el hecho de la transformación que nos eleva más allá de nuestra condición humana y alcanzar una identificación con Jesucristo, Hijo de Dios, San Juan utiliza otro lenguaje pero con el mismo sentido, cuando habla de la vid y los sarmientos, de como no solamente somos llamados hijos de Dios sino que lo somos de verdad,



Según Santo Tomás de Aquino, nuestra incorporación a Cristo y filiación divina, o la obra de la redención es incluso mayor y más maravillosa que la misma creación del universo. De hecho, es precisamente para poder realizar esta obra de nuestra divinización, en palabras de los Padres Griegos, que Dios creó el universo. El mismo doctor señala que hay una coincidencia entre lo que es nuestro organismo natural y lo que llama el organismo sobrenatural o la gracia. Así como poseemos el alma que es el principio activo de nuestra vida como seres al mismo tiempo animados, coincidiendo en parte con el reino animal y nuestra racionalidad. Nuestra alma tiene potencias operativas que son las facultades del alma, que son en primer lugar la inteligencia y la voluntad, luego las facultades sensibles que compartimos con los animales, los sentidos internos como son la imaginación y la memoria y los externos o los cinco sentidos. También en la vida sobrenatural poseemos un organismo con sus correspondientes facultades o potencias activas. En primer lugar está la gracia llamada “increada”, que es la inhabitación de las tres divinas personas en el alma de la persona justificada, o en estado de gracia. Esta misma eleva y transforma nuestra alma por la gracia santificante o habitual. Luego correspondientes a las facultades naturales Dios nos dona las virtudes teológicas, la fe la esperanza y el amor, denominadas “virtudes teológicas”, que nos capacitan para obrar según el nuevo ser que nos ha comunicado. San Pablo menciona las tres virtudes teologales al final de nuestra lectura de hoy cuando señala que “ Quedan la fe, la esperanza el amor, estas tres. La más grande es el amor”. Luego se explaya en explicarnos el sentido del amor.



Dado que los corintios le daban gran importancia al hablar en leguas, San Pablo comienza con relativizar este don cuando dice que si pudiera hablar las lenguas de los ángeles, entregarse hasta dejarse quemar vivo, pero si no tiene amor no es nada ni nada de esto sirve tener fe como para mover montañas “si no tengo amor, no soy nada”.



Conviene preguntarnos en qué consiste el amor, porque es una palabra demasiado gastada en nuestra época, pues la gran mayoría de los cantos populares, de las telenovelas tratan del amor, ¿Pero, qué entienden por amor? Lo que entienden es el amor romántico que sería un sentimiento placentero, el enamoramiento que suele hasta cierto punto enloquecer a la persona y no permitirle (seise deja llevar por él) juzgar objetiva y racionalmente su situación o la otra persona con la que se encuentra enamorado. Los sentimientos los tenemos en común con los animales, como hemos señalado arriba, por lo cual el concepto de amor que maneja la Biblia no se puede agotar con este tipo de amor sentimental.



San Pablo nos entrega una clave fundamental del amor a la que se refiere cuando nos da una lista de características de este amor: es paciente, servicial, no se presume ni se engríe, no es mal educado ni egoísta etc. Es decir, la característica común a toda esta descripción del amor es que para amar necesariamente uno tiene que sacrificarse. Si gracias al pecado original que hemos heredado, a los pecados personales y el ambiente de pecado que nos rodea nos es más fácil ser egoístas y narcisistas , pensar en nosotros y ponernos delante del bien de otros o incluso de nuestro propio bien, la virtud infusa de la caridad o el amor no se caracteriza por ninguna de estas tendencias.



En primer lugar, San Pablo pone la paciencia. Todos más o menos sabemos lo que es la paciencia y en general estamos de acuerdo que nos falta. Se trata de la virtud, que nos dispone a sobrellevar las pequeñas molestias diarias que provienen de nuestra convivencia con los demás, sea en la familia, en el lugar de trabajo o en otros lugares donde se realiza nuestra vida. La palabra “paciencia” proviene de latín “pati” que significa sufrir, de allí también la palabra pasión. Sabemos, o deberíamos de saber que en la vida no es posible evitar el sufrimiento. Este hecho de tener que sufrir, a veces de manera normal y sin que nos provoque demasiada desazón, y otras veces mucho forma parte de nuestra vida querida por Dios. El hecho de que llegamos a la vida en la forma de una célula minúscula y poco a poco ya dentro del seno materno como luego fuera, nos vamos desarrollando, creciendo y madurando a través de múltiples experiencias algunas agradables y otras no, es parte de la manera en la que Dios hace las cosas en su sabiduría infinita. Ninguna criatura se escapa de esta ley y si todo fuera fácil y no tuviéramos que luchar por alcanzar metas y objetivas, la vida sería muy opaca e incluso insoportable. Para llegar a ver una paisaje hermosa que nos llena de alegría tenemos que subir una montaña, con todo lo que eso implica de dolores de músculos, esfuerzo y perseverancia en el intento. Si queremos alcanzar la alegría y la éxtasis que puede provocar alcanzar una meta como correr un maratón, estudiar una carrera y lograr graduarse etc. tenemos que sufrir y por ello tener paciencia, aguante. Igual en nuestras relaciones unos con otros, máxime en el seno de la familia, pues la palabra “prójimo” significa literalmente”el más cercano”. Chocamos diariamente con “los más cercanos” sobre todo los miembros de la propia familia. Tal vez por eso San Pablo pone la paciencia en el primer lugar en su himno de la caridad. Sólo podemos comentar algunas de las cosas que dice San Pablo.



El Apóstol prosigue con el amor como servicial y sin envidia. El mismo Jesucristo describió su entera misión como un servicio cuando dijo que no vino a ser servido sin a servir y dar su vida en rescate por todos. También dice, en una palabra que se recoge no en los evangelios sino en los Hechos de los Apóstoles, “es más dichoso dar que recibir”. Servir, pues significa dar la vida por el bien de los demás y eso es lo que nos hace semejantes a Jesucristo y nos pone en el camino de la verdadera felicidad, que está completamente opuesta al egoísmo. En cuanto a la envidia, en verdad es un vicio muy miserable y mezquino y es fácil ver por qué se opone tanto al amor. Se trata de la “tristeza en el bien ajeno”. En vez de alegrarse con los bienes y las cualidades del otro, con el honor que se le tributa, se es triste, algo miserable que hace mucho daño al envidioso.



“No es mal educado ni se engríe”. Parece que en nuestros días priva la mala educación, pululan los niños malcriados. La gente se acostumbra a decirse groserías unos a otros, se insultan. Los mismos políticos se dedican a proferir insultos unos a otros. En los foros de Internet se lanzan acusaciones con palabrotas etc. ¿Cómo se puede llevar una vida sana en una sociedad que propicie el bien y el crecimiento de todos con estos pésimos ejemplos que se dan tanto en el interior de la familia como en público? Si los niños no tienen respeto a sus propios padres, ni a sus profesores ni a los demás adultos en general, es que no se les inculca estos aspectos de la caridad, del verdadero amor que comienza con el respeto al otro y la cortesía, que reconocen la dignidad del otro.



“No se irrita y no lleva cuentas del mal”. Lo de no irritarse está íntimamente relacionado con la paciencia y nos exige mucho autocontrol para no exportar a otros ni hacerles sufrir nuestros malos ratos. Aquí conviene recordar la regla de oro, que se encuentra tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, y también es reconocida por otras religiones, pero no todas. “No hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan”.



La caridad no consiste meramente en evitar unos vicios, sino que contiene una serie de aspectos muy positivas, algunas de las cuales San Pablo menciona: “Disculpa sin límites, cree sin límites, aguanta sin limites”. Primero, llama la atención la triple repetición de la frase “sin límites”. Ya mencionamos que nuestra vida cristiana es una vida superior, sobrenatural, participación en la naturaleza divina, nada de lo cual es posible por nuestras propias fuerzas. Por eso, decir “sin límites” no es mera retórica, sino de verdad es posible porque recibimos la gracia de poder llegar a ese extremo en el amor al prójimo debido a nuestra unión con Cristo.



El amor no pasa nunca”, y el Apóstol entra en varios detalles para explicar este aspecto. Si Dios es amor, entonces lo que tenemos que lograr en esta vida es un aprendizaje en el amor, superando el egoísmo y todo lo que significa. El cielo es, en una palabra amor. Es alegría y plena felicidad porque se trata de estar en la presencia de Dios en lo que se llama la visión beatífica, y también comunión con todos nuestros hermanos que han alcanzado la meta de la vida eterna.



San Juan de la Cruz decía que “al final de la jornada, seremos juzgados por el amor”. El libro de Daniel habla de ser “pesados.” Seremos “pesados” y si hemos alcanzado la medida del amor a Dios y al prójimo escucharemos las palabras consoladoras de Jesucristo Juez que nos dirá: “Venid, benditos de mi Padre,… Si hemos cerrado la puerta al amor y nos hemos encerrado en nuestra soberbia y egoísmo escucharemos aquellas otras palabras tremendas del mismo Señor y Juez misericordioso: “Apartaos de mí, malvados...” Aprendamos a amar a Dios y al prójimo mientras todavía tenemos tiempo y no llevemos una vida mediocre, mezquina y sin sentido dejándonos llevar por el consumismo, el materialismo y toda clase de vicio y adicción.