sábado, 25 de junio de 2016

LA RADICALIDAD DEL SEGUIMIENTO DE JESÙS

HOMILÌA, DOMINGO XIII, DE TIEMPO ODINARIO, CICLO C

Llegamos este domingo a un punto central en el Evangelio de San Lucas. Jesús está en Galilea y se dispone a dirigirse definitivamente a Jerusalén. Sin duda, es perfectamente consciente de lo que le va a suceder en Jerusalèn, y ha decidido seguir la voluntad de su Padre, sin importar lo que iba a costar. Viajarà de norte a sur y pasa por Samaría. Sabemos que existía una temenda enimistad entre los judíos y los samaritanos y no era poco común que los judíos de Galilea, al viajar a Jerusalén, dieran la vuelta y evitaran pasar por Samaría. Jesús quiere pasar por esa región. Los samaritanos rehúsan colabror y ni siquiera quiere vender alimentos. Los apñostoles naturalmente se molestan por una actitud tan odiosa de los samaritanos. Santiago y Juan le piden a Jesùs, castigar a los samaritanos con fuego del cielo. Es una actitud lógica y humana y cualquiera puede compender su molestia, pero èse no es el camino de Jesús. Él ha hecho un opción radical de seguir el camino del Padre que es el de la paciencia y la misericordia. Ya lo manifiesta en la parábola del trigo y la cizaña. Ambos van a seguir creciendo hasta el día de la cosecha. Es decir, hasta la parusía, Dios va a tener paciencia  suportar un mundo con una mezcla de bien y mal y no necesariamente va a castigar inmediatamente a los malos. Por lo tanto, Jesús reprende a Santiago y a Juan por su actitud que no corresponde a la de Dios, implicando que seguirlo a É limplica renunciar a muchas cosas que os pueden parecer normales e incluso prudentes, pero que no corresponden a la radicalidad del Evangelio y el rechazo de las actitudes violentas.

Luego, se pesenta uno por el camino que le dice a Jesús: "Te seguiré a dondequiera que vayas", pero curiosamente Jesùs rechaza su oferta con la frase, "los zorros tienen sus madrigueras, las aves del cielo tienen sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde recostar la cabeza". Nos puede chocar que Jesús rechace la oferta del señor que parece de gran generosidad. Se ve que Jesús intuía que se trataba de una oferta superficial que no tomaba en cuenta las exigencias radicales del seguimiento de Jesùs. Él era un predicador o rabno itinerante y era verdad que no disponía de un lugar del  que podía disponer para descansar. Hace un par de días se cumplieron dos años desde que el grupo yihadista denominado Estado Islámico expulsó a  miles cristianos y otros de sus hogares en el norte de Irak. Como manda el Corán, les ofrecieron la opción de hacerse musulmanes o pagar un mpuesto, por cabez  que se asemeja la extorsión mafiosa. Como no estaban dispuesto a renunciar a su fe Católica u otros a su fe en su religión, y no podìan pagar el impuesto excesivo, se lanzaron al desiérto y se escaparon a la regiòn Kurda más al norte de Irak. Ellos se encuentran viviendo ahora a centenaes de kilómetros de su tierra en viviendas precarias. Cualquier persona le da mucha importancia a tener una vivienda digna donde puede estar "en su casa" y por eso podemos comprender el tremendo drama de estos y otros refugiados de nuestro tiempo. Jesús practicaba este tipo de desprendimiento y lo exigìa a sus seguidores.

Otro caso, es el que dice que lo va a seguir si lo deja ir a enterar a su padre. De acuerdo a lo que sabemos de las tradiciones de los judíos de la´época de Jesús, se entiende que no se trata de volver a su casa un día o dos para celebrar un entierro, sino más bien, su padre vivía todavía y habría que esperar que muriera, que arreglara sus asuntos y luego volviera a seguir a Jesús. Para Jesùs, los lazos familiares, siendo ciertamente hasta sagrados, y reconocidos por el cuarto mandamiento de la Ley de Dios, caen ante la urgente y perentoria necesidad de seguir la llamada de Jesùs y dejar todo para ello. Parece inhumano, hasta  exagerado, pero el Evangelio no deja duda acerca de la primacía de Jesùs y del seguimieinto de Él por encima incluso de los lazos familiares.  Podemos ver la diferencia entre lo que sucede en el Antiguo Testamento en el caso de la vocación pofética de Eliseo y cómo el profeta Elías le permite volver a su casa a despedir a sus padres en nuestra primea lectura de hoy.  Tampoco éste es el único pasaje evangélico que exige tanto desprendimiento. En otro dice Jesús: "el que no está conmigo, está en contra de mí; el que no recoge conmigo, desparrama" /(Lc 11,23). Nadie, ni antes de después de Jesús, pudo exigir un compromiso tan radical, precisamente debido a su identidad como Hijo de Dios que se entrega hasta la muerte  en la cruz por nosotros.

Hemos escuchado también un pasaje de la Carta de  San Pablo a los Gálatas, en el que habla de la verdadra libertad. En nuestros tiempos, el tema de la libertad es de máxima importancia para prácticamente todo el mundo. San Pablo afirma: "Cristo nos ha liberado para la libertad, y no permitéis que se os imponga de nuevo el yugo de la esclavitud". (5,1). San Pablo, obviamente no se refiere solamente a la libertad que nos permite hacer lo que queremos, o como se expresan los teólogos, "liberrtad de", es decir, de la opresión y de los dictados de otros sobre nuestra vida,  sino más bien la libertad "para",  Se trata de liberarse de la esclavitud del pecado, para poder seguir los caminos del Espíritu. Estas ideas de San Pablo tienen también su aplicación en el pasaje evangélico que hemos estado comentando. La primacìa absoluta de Cristo en nuestras vidas nos libea de muchos obstáculos para poder caminar según el Espíritu y alcanzar la meta de nuestra vida, "La carne, dice San Pablo, tiene deseos contrarios a la carne, y la carne tiene deseos contrarios al Espíritu". Cuando San Pablo habla de la "carne", se refiere a todo aquello que nos lleva al pecado y la tendencia fuerte que todos tenemos en nuestro corazón hacia el mal, al egoísmo y todos los vicios que van con él. San Pablo ve el pecado y la "carne" o la "concupiscencia", término comùn entre los teóloges para refeirrse a la misma realidad, como una suerte de loza que pesa sobre todos nosotros y tiende a llevarnos por el camino del mal. Sin embargo, el Espíritu Santo es más fuerte que la  carne o la concupiscencia. Sin embargo, ser de verdad libre y seguir a Jesùs con al radicalidad que pide exige grandes sacrificios, pero tambián San Pablo nos asegura que Dios no permite que nadie sea tentado más allà de sus fuerzas (1 Cor 10,13).

Jesús, en nuestro pasaje de hoy como en otros, no está dispsuesto a limar su mensaje y acomodarlo a nuestras tendencias, no porque le gusta fastidiar o sea masoquista, sino porque sabe lo que hay en el hombre y nos propone la verdad. Reflexionemos hoy sobre estas exigencias del evangelio que pueden parecer chocantes y examinemos nuestra conciencia para ver cómo podemos incrementar nuestra generosidad en la respuesta a lo que nos pide el Señor. Terminemos con la oración de San Ignacio de Loyola pidiendo al Señor generosidad:

"Señor, enséñame a ser generoso.
Enséñame a servirte como Tú mereces;
a dar sin contar el costo,
a luchar sin reparar en las heridas,
a laborar sin buscar descanso,
a trabajar sin pedir recompensa,
si no es el saber que cumplo tu voluntad”."


sábado, 18 de junio de 2016

LA IDENTIDAD DE JESÚS Y LA CRUZ

DUODÉCIMO DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO, CICLO C

A lo largo de todos los evangelios, constantemente se está planteando la pregunta: ¿Quién es? ¿Quién es Jesús? También la mismo Jesús le interesaba la pregunta, pues hoy nos toca el episodio en el que Jesús pregunta a los discípulos, ¿quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?, según la versión de San Lucas. Él cambia un poco la escena comparado con San Marco y San Mateo. En primer lugar no indica el lugar donde se dio este episodio, sino más bien desea señalar que se dio a partir de un momento en el que Jesús estaba orando. Se ha dicho que San Lucas es el evangelista de la oración, porque en los momentos más importantes tiene a Jesús orando, como es el caso de la elección de los Doce Apóstoles, o cuando se da la ocasión en el que Jesús enseña el Padre Nuestro, y al igual que los otros dos Sinópticos, en el jardín de Getsemaní. Pedro responde para todos, que Jesús es el Mesìas (o Cristo significado ungido de Dios).

Jesús no rechaza la confesión de Pedro, pero desea añadir una verdad que está íntimamente relacionada con su misión y por ende con su identidad, "que el Hijo del Hombre tiene que sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, por los sumos sacerdotes, por los escribas, ser muerto y resucitar al tercer día".Ésta sería la primera profesión de fe en Jesús como Mesías o ungido esperado que según la mentalidad común, compartida por los discípulos, sería un nuevo Rey David, que vendría a establecer el reinado de Dios en el mundo por medios políticos y militares. Para  Jesús, así como era importante que sus discípulos supieran quién era de verdad,y cuál era el sentido de toda su ministerio, sería la urgencia de corregir esta idea equivocada acerca de la misión del Mesías, o el tipo de Mesías que Dios había enviado.

Ciertamente era importante dar a conocer a sus discípulos su verdadera identidad, pero Jesús no se queda sólo con eso.   Era imprescindible intentar hacerles comprender la verdadera naturaleza de su misión mesiánica, que necesariamente tenía que pasar por la cruz, un ignominiosa muerta y finalmente ser reivindicado por su padre en la resurrección. Para nosotros, la cruz parece normal y lógica, pero para los contemporáneos de Jesús era algo verdaderamente horroroso, y un constante recuerdo del dominio romano sobre los judíos.  La misma Biblia en el Libro del Deuteronomio declara maldito el que muere crucificado (21,22-23). San Pablo explica que en realidad, todos nosotros nos encontramos bajo una maldición por nuestros pecados, y Jesús, en el lenguaje paradójico tan querido por San Pablo, se hace maldición, para salvarnos a nosotros de la condena que nos correspondía debido a nuestro pecados (Gal 3,13).

La venida del Hijo de Dios al mundo tiene una sola finalidad, nuestra salvación o liberación del inevitable castigo al pecado que sería la muerte eterna, o el infierno. Por ello, el Credo Niceno afirma "por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen. Por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato..." En nuestra segunda lectura de hoy, de la Carta de San Pablo a los Gálatas, hemos escuchado que en el bautismo "hemos sido revestido de Cristo". Este revestimiento no trata de un cubrirnos con el manto de Jesùs de manera meramente externa, sino se trata de una profunda transformación interior de nuestro ser, de manera que pasamos de ser enemigos de Dios por el pecado, y nos convertimos en Hijos de Dios, y en otro pasaje de la misma carta, San Pablo afirma que ser hijos de Dios por adopción nos hace también herederos con Cristo de la vida eterna, de la gloria de la resurrección, ser glorificados con él en el cielo. (4,4-5).  También somos "herederos según la promesa a Abraham". ¿Qué significa eso de la promesa hecha a Abraham? Dios prometió a Ahraham una descendencia numerosa y una tierra, además una bendición. Sabemos que la verdadera tierra prometida no es meramente un pedazo de tierra en Medio Oriente, sino la vida eterna o el cielo. Esa promesa se cumple gracias al bautismo que es sacramento de fe, fe como la de Abraham, y la puerta a la vida eterna.

Jesús prosigue: "Si alguno quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga.. El que quiere salvar su vida, la perderá; el que pierda su vida por mi causa, la salvará. ¿A qué se debe tanta negatividad? ¿No podría haber hecho Dios las cosas de manera más sencilla y así se salvarían más personas?  En el fondo el problema está en el hecho de que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza (Gen 1,16) y por ello le dio libre albedrío. Quiso que el hombre hiciera buen uso de ese tremendo don de la libertad, y buscara su verdadero bien, pero desde el inicio de la historia, como constatamos ya en el Libro del Gènesis, no lo hizo. Como una bola de nieve que se va aumentando mientras baja por la montaña, esa primera rebelión del hombre contra Dios y su mal uso de su libertad, contradiciendo su verdadera naturaleza y queriendo hacerse como Dios, ha sido la casa de todas las catástrofes que han existido en nuestro mundo. San Pablo, en su Carta a los Romanos resume magistralmente las consecuencias de esta situación al referirse a los paganos: "En efecto, la cólera de Dios se revela desde el cielo contra la impiedad e injusticia que aprisionan la verdad en la injusticia, pues lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto" (118-19). Más adelante prosigue: "llenos de toda injusticia, perversidad, codicia, maldad, hechidos de envidia, de homicidio, de contienda, de engaño, chismosos, detractores, enemigos de Dios, ultajadores, altaneros, fanfarrones, ingeniosos para el mal, rebeldes a sus padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados...". Nos puede parecer exagerada esta litanía de vicios, pues comúnmente no queremos reconocer nuestros vicios y no es común que no pocas personas llegan a confesarse diciendo que no tienen pecados. En otro pasaje de la misma carta, San Pablo nos da la clave de nuestra situación en un mundo que está descolocado: "Realmente, mi proceder no lo comprendo; hago lo que aborrezco. Y, si hago lo que no quiero...en queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta. Pues me complazco en la ley de Dios, según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha en contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros! (7, 14-24).

Esta realidad que San Pablo describe tan dramáticamente en estos pasajes lo llaman los teólogos y maestros espirituales la concupiscencia, es decir, la gran dificultad que experimentamos en integrar las fuerzas y pasiones de nuestra naturaleza caída dentro de lo que nos pide la razón y la ley de Dios. Según el Concilio de Trento, es producto del pecado y nos lleva hacia el pecado. Esto lo tenemos en nuestro interior, y se ve en los niños que con no poca frecuencia, echan berinches, quieren manipular a los padres para que les concedan lo que quieren, que igual no es su bien. Ninguno de nosotros quiere admitir que es mala persona, que no hace lo que debe, sino que tenemos la tendencia de racionalizar y convencernos de que lo que hemos hecho ha sido bueno. Todos tenemos la tendencia de hablar mal de otros, de involucrarnos en chismes. Si no queremos participar en tales conversaciones con los amigos, entonces nos tacharán de "beatos" de "más santo que tú" etc. Me acuerdo de una película que vi hace muchos años. Se llama Sérpico y se trata de la corrupción en el Departamento de Policía de Nueva York. Un Funcionario de Policía que se apellidaba Sérpico, desde niño siempre quiso ser Policía y también un Policía honrado. Realmente se puede decir que tenía vocación de Policía. Entre los compañeros existía la costumbre de extorsionar a los negocios yendo a las tiendas y diciendo a los dueños que había tal o cual irregularidad, y que en todo caso se podría arreglar, entregándoles un sobre con dinero obviamente. Recogían el dinero y lo juntaban en una bolsa, el encargado de la bolsa y la distribución del mismo le llamaba "el hombre de la bolsa" (bagman en inglés). Como siempre quería ser policía honrado, rechazó el "sobresueldo" proveniente de la extorsión. Los compañeros lo hostigaron. Eventualmente hizo una denuncia de  la corrupción en el Departamento de Policía de Nueva York al New York Times. En un operativo en contra de violentos, lo pusieron por delante al presentarse la policía a una casa. Los de dentro dispararon y perdió un ojo.

Por lo tanto, constatamos que en nuestro mundo existen estructuras enquistados de mal, de injusticia y de pecado de todo tipo. También dentro de nosotros, de varias maneras, incluso en cosas pequeños. Por ejemplo, cuando nos dan demasiado cambio en un cajero, ¿lo devolvemos? ¿Más bien aceptamos una racionalización pensando que nos sirven unos euros de más? Cuando yo era niño, aprendí en el catecismo que nos enseñaban que debido al pecado original "nuestra inteligencia queda oscurecida, nuestra voluntad debilitada y nuestras pasiones nos inclinan al mal". Para contrarrestar estas malas tendencias que todos tenemos, el Señor nos invita a llevar la cruz cada día. Muchos se sacrifican yendo a gimnasios para alcanzar tener un cuerpo esbelto, o buena salud, o para alcanzar un objetivo laudable como aprender tocar un instrumento musical o lo que sea. El mandamiento fundamental que nos entrega Jesús es "amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser, y al prójimo como a tí mismo". Amar significa querer y hacer al bien al otro como otro. El verdadero amor duele, es muy, muy difícil. Cumplir los mandamientos de la ley de Dios no es algo agradable la mayor parte del tiempo. Cumplir siquiera la regla de oro, de no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan, nos resulta muy difícil la mayor parte de las veces. Es muy fácil olvidarnos de Dios, no orar nunca, organizar nuestra vida como si Dios no existiera. ¿Qué porcentaje de bautizados hay en este pueblo? ¿Qué porcentaje de ellos acuden a la misa dominical? Hace unas semanas se llenó la iglesia en el día de las Primeras Comuniones.`¿Cuántos de los niños han vuelto a la misa los domingos siguientes, o los padre y otros que los acompañaron?  ?¿Hace cuánto tiempo que no me confieso? ¿O pienso que no tengo pecados?

San Juan Bosco, fundador de la Congregación de los Salesianos y probablemente el santo más que más se dedicó a la formación de los jóvenes dijo: "El primer grado para educar bien a los jóvenes consiste en trabajar por que confiesen y comulguen con las debidas disposiciones. Estos sacramentos son los más firmes sostenes de la juventud. La frecuente confesión y comunión y la misa diaria son las columnas que deben sostener un edificio educativo”. (San Juan Bosco. Biografía y escritos, 2 ed., Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, p. 428-429)". 


sábado, 11 de junio de 2016

NO HAY MISERICORDIA NI GRACIA BARATA

DOMINGO XI DE TIEMPO ORDINARIO, CICLO C

Nuestra primera lectura de hoy, tomada del Segundo libro de Samuel, capítulo 12, dice Dios a través del profeta Natán: "Nunca se aparará la espada de tu casa, ya que me has despreciado y han tomado la mujer de Urías el hitita para mujer tuya". En esta año estamos en el Año de la Misericordia, declarado por el Papa Francisco, para que todos asimilemos la verdad acerca de la misericordia de Dios, que nos arrepintamos de nuestro pecados, los confesemos y experimentemos la misericordia de Dios, amén de practicar la misericordia con otros como nos enseña Jesús, y la misma Iglesia. Ciertamente, la misericordia de Dios es infinita, pero también el pecado tiene unas consecuencias graves que no son fáciles de superar. Veamos el contexto de estos versículos que hemos escuchado, quién era David, la gravedad de su pecado y sus artimañas para que no se descubriera y todo siguiera igual que antes. Repasemos lo que se cuenta en el c. 11 del mismo libro. 

Como sabemos David era un gran guerrero que no sólo logró matar al filisteo sino se involucró en un sin fin de guerras y conflictos, contra los enemigos de Israel. Logró derrotar a los filisteos que eran unos guerreros muy poderosos, y apoderarse de la ciudad de Jerusalén y establecer allí su capital, además de conquistar mucho territorio a ambas riveras del Jordán y al norte. En esta ocasión, no salió personalmente a lidiar el ejército, sino que mandó a su Jefe militar Joáb. Aquí hay un dato interesante para empezar. David se quedó en su casa y dormía la siesta, mientras sus soldados leales ponían sus vidas den peligro en la guerra. Después de levantarse de la siesta subió al azotea y vio que se estaba bañando Betsabé, al esposa de uno de sus soldado más leales, el escudero de Joab. Se sentía atraído por la belleza de la mujer y en vez de reflexionar y darse cuenta de que no podía tomar la mujer de otro, mandó a unos siervos a traerla. Es decir, siendo rey, se aprovechaba de su poder para dar rienda suelta a su lujuría. Se acostó con ella, y al poco tiempo más ella le avisó del hecho de que se había quedado embarazada.En este momento, David tiene un lío, pero comienza a tramar una solución para que no se descubriera el hecho. Mandó traer a Urías, el esposo de Betsabé, de la campaña pensando que si se acostara con su esposa, se pensaría que el hijo era de él. Urías no se prestaba al estratagema  y pese a haberlo emborrachado en un banquete,  insistió en no ir a su casa con su esposa. Era una persona realmente leal y no le parecía bien acostarse con su esposa cuando sus compañeros andaban de campaña. Con esto, a David se le complican las cosas y se enreda más. Decide enviar una carta con Urías a Joab para que a aquel lo colocara en lo más duro de la friega y de esa manera quedaría muerto y se le arreglaría a David el lío. Y así fue. Pasado un cierto tiempo Betsabé fue a vivir con David. 

El deseo de enterrar los antecedentes y pretender que el pecado no existió era fuerte en el caso de David,  siendo rey, parecería que tendría el poder de hacer valer el engaño. Hoy en día con la aplicación de las pruebas de ADN se están descubriendo muchos casos de lo que en Estados Unidos llaman "fraude de paternidad", que el marido que parece ser el padre, no lo es. Esto está creando una serie de problemas que no son de poco monto. Es decir, los pecados tienen sus consecuencias a largo plazo. Así en el caso del adulterio, como es éste, como en otros contra el quinto mandamiento, o contra el séptimo etc. 

El profeta Natán se presentó al Rey David y le contó una parábola acerca de un hombre rico y otro  pobre y ambos vivían en una ciudad. El rico tenía ovejas y bueyes en abundancia, mientras "el pobre no tenía más que una corderilla". Ella crecía con él y sus hijos, comiendo su pan, dice la Biblia. Un día "vino un visitante a donde el hombre rico, y dándole pena tomar su ganado lanar y vacuno para der de comer a aquel hombre llegado a su casa, tomó la ovejita del pobre y dio de comer al viajero llegad a su casa" (2 Sam 12, 3-4). El mismo David se encendió en cólera en contra del comportamiento de ese rico y declara "merece la muerte el hombre que tal hizo". Luego vino la respuesta del profeta, que es también una de las afirmaciones más emblemáticas de toda la Biblia: "Tú eres ese hombre". A continuación Natán le echa en cara a David la barbaridad que había cometido en contra de Urías "tomando su mujer y matándole por la espada de los ammonitas". En seguida Dios promete que este hecho delenzable tendrá unas consecuencias nefastas para David, como por ejemplo el levantamiento en su contra de su hijo Absalón, que se relata en los capítulos siguientes. Dice el profeta: "También el Señor perdona tu pecado; no morirás. Pero por haber ultrajado al Señor con este hecho, el hijo que te ha nacido morirá sin remedio" (v. 13). 

Una persona madura y responsable sopesa las consecuencias de sus actos y piensa en el mal que sus actos malos, contrarios a la ley de Dios inevitablemente provocan en otras personas, de manera especial sus familiares. Este hecho parece obvio en el caso de lo que hizo David, y en otros casos como los de la así llamada paternidad  a la que me he referido más arriba. Nos incumbe un deber serio de formar bien la conciencia según la ley de Dios y conforme la enseña la Iglesia. Hoy en día con el progreso tecnológico  se presentan muchas ocasiones de pecado. Es más fácil darse cuenta de los perjuicios que los pecados graves, como los de David, causan a otros, pero también los pecados veniales repetidos pueden causar daño notable a otros. Por ejemplo, unos padres a quienes les falta paciencia en el trato con los hijos, pueden provocarle daños psicológicos a la larga. Si al niño lo critican constantemente, le exigen unos resultados escolares que posiblemente van más allá de las posibilidades de los talentos que tiene, si le dan la impresión de que su amor hacia él es condicionado a buen comportamiento o buenas notas, es obvio que todo esto le provocará problemas al niño. También en el caso de insultos dirigidos a otros. No constituyen pecados muy graves, como los de David, pero hacemos sufrir a otros. No olvidemos nunca la REGLA DE ORO, expresada varias veces en la Biblia: "no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan".  Ciertamente, estamos en un mundo imperfecto y marcado por el pecado y no es el caso de llenarnos de angustia y escrúpulos, sino serenamente ponernos a eliminar poco a poco  los vicios, aunque sean pequeños y practicar la virtud. También, dado que todo cristiano está llamado a la santidad, es decir, a la perfección de la vida cristiana, cosa que Jesús manifestó claramente en muchas ocasiones, el hecho de no tomar en serio el deber de mejorar nuestra vida y comportamiento hace un daño a la Iglesia. Profesamos en el Credo que la Iglesia es Santa. Ciertamente, lo es en Jesucristo, el María Santísima y en los santos, pero cada uno es miembro de la Iglesia y llamado a reproducir la imagen de Jesucristo en todo nuestro comportamiento, para que la Iglesia pueda dar el testimonio que está llamada a dar. Este deber es mayor en el caso de obispos, sacerdotes y personas consagradas y por ello cuando cometen pecados graves y escandalosos, el daño a la Iglesia es muy grave. Por lo tanto, nos conviene recordar lo que propone San Ignacio de Loyola en su meditación de sus Ejercicios Espirituales sobre el pecado: "Pedir a Dios conocimiento del pecado para aborrecerlo". Este conocimiento lo vamos a adquirir no viendo la televisión sino más bien conociendo la Palabra de Dios y la enseñanza de la Iglesia. 

Antes de terminar, veamos el pasaje del Evangelio de San Lucas que nos ha tocado escuchar hoy. Intervienen tres personajes: Jesús, Simón el Fariseo y la mujer pecadora arrepentida. Simón es el típico fariseo que es una persona devota que cumple a rajatabla las muchas leyes, reglas y costumbres que incumben a una persona que toma en serio su religión. Sin embargo, tiene una mentalidad estrecha que juzga negativamente a Jesús por acoger a la pecadora: "Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer". Pese a sus muchas prácticas religiosas, las limosnas, las oraciones y penitencias que hace, está lejos de tener una verdadera experiencia de Dios y de su misericordia. En el priva el juicio y la condena. La mujer, si se ha atrevido a acudir a la casa del fariseo, es que antes al escuchar a Jesús o saber qué tipo de persona, de profeta es, dándose cuenta de su situación, de que su vida es un desastre y no encuentra la paz, al felicidad y la alegría que todo ser humano anhela. La presencia y las palabras de Jesús la conmueven profundamente y supera los posibles obstáculos para manifestar su amor, su arrepentimiento ante Jesús a través de los gestos de lavar sus pies con sus lágrimas y ungirlo. Podemos ver que la clave del arrepentimiento y el movimiento hacia una vida nueva es el encuentro con Jesús, que acoge, que sana y conforta a la persona. Ella se da cuenta de que ha cometido muchos pecados, pero como ama mucho, Dios los borre. Hablaba arriba de las consecuencias del pecado, pues a partir del encuentro con Jesús, se puede reconstruir la vida y no solamente reparar el daño en cuanto posible, sino a partir de allí, estando borrados los pecados por la misericordia de Dios, podemos emprender una vida nueva, "caminar en la novedad de vida". 

Sabemos que Jesús inició su predicación con una llamada la arrepentimiento: "El reino de Dios está cerca, arrepiéntete  y cree en el evangelio" /(Mc 1,15). Su presencia, predicación y la autenticidad de su vida provocó a muchos a que examinaran sus vidas y cambiar de una vida de vicio a una nueva vida, como es el caso de la mujer en nuestro pasaje de hoy. Hemos visto la gravedad del pecado de David y sus esfuerzos por encubrirlo y que nadie se enterara. Casi lo logra, si no hubiera sido por la parábola que le contó el profeta. Por un lado constatamos, que he señalado arriba, que el pecado tiene unas consecuencias nefastos en la vida del pecador y en la de otros, e incluso en la misma Iglesia. David tuvo que sufrir las graves consecuencias de su pecado, pero Dios manifestó su misericordia. Hay muchos hoy en día, y en todos los tiempos que racionalizan sus pecados y piensan que como nadie se ha enterado, pueden seguir con su vida tranquilos y contentos. Sin embargo,  en el caso de la pecadora, el encuentro con Jesús removió su vida y le ayudó a darse cuenta de su verdadera situación, y de igual manera el encuentro de David con el profeta Natán. Dios es infinitamente misericordioso, pero para poder rehacer la propia vida después de caer en un estado grave de pecado, hay que abrir la puerta de nuestra alma a esa misericordia para que nos sane. No hay misericordia ni gracia fácil ni barata. Hemos quedado con heridas graves  hemos hecho daño a otros, además de haber ofendido a Dios. Por esto, el último paso del Sacramento dela Penitencia o la Reconciliación es la satisfacción. No es que nosotros podemos reequilibrar la balanza, pero sí cumplir unas penitencias que también son sandadoras. 

sábado, 4 de junio de 2016

HOMIL{IA DÉCIMO DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO, CICLO C

JESÚS DEVUELVE LA VIDA AL HIJO DELA VIUDA DE NAÍN.

Este domingo, después del largo intervalo en el que hemos vivido la Curesma, la Pascua y luego las fiestas recientes de la Sma. Trinidad y la Eucaristía, nuestra liturgia retoma las celebraciones que se denominan Tiempo Ordinario o Tiempo durante el año (Tempus per annum). Antes de la aplicación de la reforma litúrgica mandada por el Concilio Vaticano II se celebraba la octava de Pentecostés y los demás domingos hasta el Adiento eran domingos después de Pentecostés. Algunos se lamentan por el hecho de haberse asumido este ordenamiento de los domingos sin más referencia a Pentecostés porque consideran que este tiempo correspondería al del Espíritu Santo y la Iglesia que peregrina en la historia en espera de la vuelta del Señor en la parusía bajo la guía del Espíritu Santo. En todo caso, se ha decidido como se ha decidido y las cosas quedan así como están. Este domingo, siguiendo la lectura continua del Evangelio de San Lucas, nos toca reflexionar sobre el episodio en el que Jesús devuelve la vida al hijo único de la pobre viuda del pueblo llamado Naín. En los cuatro evangelios sólo se da este tipo de milagro tres veces, en el caso de la hija de Jairo, que se relata en los tres  evangelios sinópticos, en este caso, que es exclusivo de San Luchas, y en el caso de Lázaro que sólo nos llega en el Evangelio de San Juan.

¿Cómo podemos situar este hecho que se solía llamar la resurrección del hijo de la viuda de Naín? Hoy en día, los exegetas son reacios al momento de aplicar el término resurrección estos tres milagros para distinguirlos de la resurrección de Jesús. Se prefiere el término reanimación. Ahora bien, para un cristiano de los primeros tiempos el hecho absolutamente primordial de su fe era precisamente la resurrección de Jesús de entre los muertos. San Pablo Afirma claramente que si Jesús no ha resucitado y por ende nosotros no vamos a resucitar con Él, nuestra fe es vana, vacía. No tienen ningún sentido. También ellos veían toda la vida y el ministerio de Jesús bajo el prisma de este misterio primordial de la resurrección de Jesús y la nueva vida en el Espíritu que nos promete debido a este hecho.

A lo largo de los evangelios se está planteando una y otra vez la pregunta "Quién es éste?", quién es Jesús. En los evangelios sinópticos él hace proclamación de la llegada del reino o reinado de Dios, a través de su predicación y sus milagros, mientras en el Evangelio de San Juan se habla más bien de la "vida". "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia". Al final de su Evangelio, Juan declara específicamente el motivo por el que se relata los milagros o señales, como los llama él, "para que ceáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis la vida en su nombre" (20,30).  En toda la Biblia Dios es Dios de la vida y no quiere la muerte, el dolor, la angustia ni las lágrimas. Esta convicción queda claramente afirmada en una de las últimas páginas de la Biblia en el libro del Apocalípsis, al igual que en muchos libros del Antiguo Testamento: "Y enjugará las lágrimas de nuestros ojos de sus ojos, y no habrá ya muerte ni hará llanto, ni gritos ni fatiga, porque el mundo viejo ha pasado" (21,4). Esta promesa retoma una que queda expresada en el libro de Isaís 25,8). Queda clarísimo que Dios es enemigo del mal, de la muerte, del dolor y que al final va a restaurar el orden que desde el principio ha querido para el universo y que debido al mal uso del don del libre arbitrio que concedió al hombre la creación entera  quedó "sometida a la vanidad" y espera ser "liberada, de la servidumbre de la corrupción" (Rom 8, 18-25). La predicación de Jesús y sus milagros son una anticipación de esta gran victoria que se realiza en primer lugar con la resurrección de Jesús y se completa en la restauración de todo el universo bajo el dominio de Jesús como rey y juez de vivos y muertos. De manera especial los milagros en los que Jesús devolvió la vida a estas tres personas apuntan al misterio de la resurrección y la victoria final sobre el mal y la muerte, sin la cual la Biblia no tendría sentido.

Ciertamente podemos constatar cómo Jesús sintió compasión de la viuda. Tenemos que darnos cuenta de las circunstancias de la época para captar todo el drama implicado en el episodio. Se trata de una viuda. Las viudas en aquella cultura eran las personas más desamparadas, pues no era posible que la mujer realizara más labores que las de la casa y la crianza de los hijos. No tendría ingresos propios y tendría que depender de la caridad de familiares y vecinos. En este caso, es más grave porque se trata de la muerte de su único hijo. Otro detalle que conviene señalar es que el evangelista se refiera a Jesús como  el Señor, título celosamente reservado para el mismo Dios en el Antiguo Testamento, y es la primera vez que el evangelista lo usa refiriéndose a un episodio en la vida pública de Jesús. En San Pablo sale en la famosa himno de la kénosos en la Carta a los Filepenses (2,6-11), y es una de las primeras profesiones de fe en la persona de Jesús. Aquí se manifiesta a la vez la compasión humana de Jesús y su poder divino. Curiosamente también Jesús le dice a la viuda: "No llores". Pareciera un disparate pensar que la madre podría dejar de llorar en tales circunstancias, pero obviamente Jesús sabía perfectamente lo que iba a hacer y cómo el llanto se convertiría en alegría en pocos minutos.

Cuando Jesús manda al jóven levantarse, utiliza el verbo egerein (levantarse) como del sueño, y Lucas dice que "se sentó". No utiliza el término anástasis que quedaria reservado para el caso de la resurrección de Jesús y nuestra resurrección futura en él. Prosigue el evangelista: "el temor se apoderó de todos, y alababan a Dios..." En la Biblia, el temor es común cuando se manifiesta el poder infinito de Dios. Es decir, quedaron sobrecogidos. Es lo que sucede al Profeta Isaías cuando tiene la visión del corte celestial en el templo (c 6) y a San Pedro en la ocasión de la pesca milagrosa (Lc 5,8).

El relato concluye con: "Y lo que se decía de él se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina".  El evangelio es "buena noticia" y una vez que se descubre se ha de proclamar a nuestro alrededor. Esto lo llamamos evangelización. El Papa San Juan Pablo II proclamó la necesidad de la "nueva evangelización", dirigida ya no a los habitantes de pueblos remotos a quienes no ha llegado buena noticia de Jesús, y sobre todo de su victoria sobre el mal y la muerte en su resurrección. No basta saber que Jesús era una persona extraordinaria, que fue consecuente con su mensaje, que fue compasivo como se  manifiesta en el evangelio de hoy, que curó a muchos enfermos  etc. Si no llegamos a la fe en la resurrección de Jesús de entre los muertos, no hemos sido evangelizados. Hay judíos y paganos que admiran la figura de Jesús tanto por su doctrina como por sus milagros, pero no son cristianos precisamente porque no creen en su resurrección. Podríamos pensar que en aquella época la gente era crédula y que les era fácil creer que Jesús pudo haber muerto una muerte horrorosa en la cruz y alcanzado una vida nueva y superior, pero no es así. No era fácil para los primeros cristianos proclamar este mensaje, como se puede constatar en el c. 17 de los Hechos de los Apóstoles cuando San Pablo habló con los filósofos de Atenas. Una vez que mencionó a Jesús que había sido ajusticiado por los romanos y que había resucitado, le dijeron que no les interesaba más su discurso.

Invito, pues a todos a reflexionar sobre lo que podemos aprender de este evangelio, es decir, el echo definitivo de la resurrección de Jesús de entre los muertos como nuestra gran esperanza. Todos nos lamentamos sobre la situación del mundo, las crisis económicas, la desigualdad, de manera que los ricos se hacen más ricos y parte de la clase media cae en la pobreza, el terrorismo, el descuido del medioambiente, la pornografía infantil  y una plétora de otros males. ¿Es posible que al final se arregle todo este desaguisado creado por el hombre desde el inicio de su historia?










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