sábado, 27 de abril de 2019

EL APOCALIPSIS

HOMILÍA II DOMINGO DE PASCUA CICLO C  DE 2019.

En este tiempo de Pascua la Iglesia nos propone una serie de lecturas sacadas del Libro del Apocalipsis. ¿Por qué será? Pues, aunque ciertamente no es el libro bíblico más leído o con el que el católico normal está muy familiarizada. En el lenguaje común la palabra "Apocalipsis" significaría una hecatombe o una catástrofe, o tendría que ver con el fin del mundo. Por otra parte, los pocos más o menos valientes que han intentado leer el libro lo han encontrado muy difícil porque está lleno de un tipo de simbolismo que hoy en día desconocemos. Ciertamente, hay otros libros bíblicos que son poco leídos y conocidos como es el caso del Libro del Levítico o el Libro de los Proverbios. Aquel da mucha información acerca de las leyes del culto judío del templo, las normas sobre los ritos y la impureza ritual y éste contiene una serie de dichos populares producto en mayor medida de la sabiduría popular y o de hombres sabios que se dedicaban a enseñar al pueblo a vivir bien. El Apocalípsis tiene también antecedentes importantes en el Antiguo Testamento como son el libro de Isaías, y de manera especial el Libro de Daniel que es el que más se le asemeja.

Primero, vamos a examinar la etimología de la palabra "apocalipsis". Proviene del griego en el que todo el Nuevo Testamento está escrito y significa "retirar el velo" o "desvelar". Imaginémonos un teatro con el telón que separa lo que pasa atrás de los espectadores que están delante y al inicio de la obra se recorre. Podría recorrerse parcial o totalmente. Así se "desvela" el drama que se realiza en el escenario. Por ello, al traducir el Nuevo Testamento al latín se llamó "Libro de la Revelación" a este, el último libro de la Biblia. Por otro lado, no es casual que se haya colocado este libro al final de la Biblia. Se trata de la culminación de todo el gran drama de Dios a favor de su pueblo, desde el inicio con la creación en el Génesis, pasando por el éxodo y la alianza en Sinaí y toda la historia posterior del Pueblo de Dios culminando en el nacimiento, la vida, muerte y resurrección de Jesús, la venida del Espíritu Santo y con él el nacimiento de la Iglesia y sus primeros pasos en el mundo con el Libro de los Hechos de los Apóstoles y las cartas apostólicas, sobre todo las de San Pablo.  San Pablo en 1Cor c. 15 afirma con gran contundencia la importancia fundamental de la resurrección de Jesucristo de entre  los muertos y nuestra gran esperanza de resucitar con Él llegando a participar plenamente en su vida nueva junto a Dios su Padre.

El autor de la obra da su nombre: Juan. Comúnmente se piensa que se trata del apóstol Juan, hermano de Santiago e hijo de Zebedeo, que en el cuarto evangelio se le refiere como "el discípulo que Jesús amaba", aunque ya en el siglo III había quien opinaba que se trataba de otro Juan y que algunos llamab "Juan el Presbítero". En nuestro pasaje de hoy se dice que era "compañero en la tribulación, en el reino y en la constancia en Jesús y estaba desterrado en la Isla de Patmos por haber predicado la palabra de Dios y haber y haber dado testimonio de Jesús", Aquí indica que se trataba de un período de persecución. Además, Patmos, una isla en el Mar Egeo, una de las muchas islas que pertenecen a Grecia y no muy lejos de Tierra Santa, Se trataba de una isla penal donde los romanos mandaban a gente revoltosa. Se piensa que sería alrededor del año 96, durante el reinado del Emperador Domiciano, que era el tercer Emperador de la dinastía Flavia, que había sucedido a Vespasiano y Tito, estos últimos habiendo sido los que sofocaron la rebeldía de los judío y siendo Tito el hijo de Vespasiano quien destruyó el templo de Jerusalén en el año 70 A.D.  Dominicano es conocido como emperador que promovió mucho el culto al emperador como dios y persiguió cruelmente a sus enemigos mandando matar a muchos de los mismos senadores. Luego ellos lograron deshacerse de él matándolo.

Juan dice que el Día del Señor, cayó en éxtasis "oí a mis espaldas una voz potente que decía: 
—«Lo que veas escríbelo en un libro, y envíaselo a las siete Iglesias de Asia.» Me volví a ver quién me hablaba, y, al volverme, vi siete candelabros de oro, y en medio de ellos una figura humana, vestida de larga túnica, con un cinturón de oro a la altura del pecho".  La voz potente es la de Jesús resucitado y a en el cielo. Manda al vidente escribir en un libro lo que ve y enviarlo a las siete iglesias de Asia.  En este pasaje aparece el número siete dos veces, número bíblico bien conocido como perfecto. En los capítulos siguientes se encuentra el mensaje a cada una de esas Iglesias. Las cartas no están destinadas solo a esas siete Iglesias sino a todas las Iglesias y contienen un mensaje importante para la Iglesia de nuestros tiempos, del siglo XXI como para todas las épocas de la historia de la Iglesia. Se menciona siete candelabros de oro. Un judío de la época, aunque el templo ya estaba destruido, reconocería que lo de los siete candelabros de oro se refería al templo de Jerusalén, donde una vez al año, el Sumo Sacerdote ingresaba en la sala interior del mismo llamada Santo de los Santos, y ofrecía incienso por el pueblo y el perdón de sus pecados. El personaje celestial, obviamente Jesús en su gloria, está vestido como Sumo Sacerdote y es el que en la cruz ha sido el Cordero que quitó los pecados del mundo, como decimos en todas las Misas. De hecho, como veremos más adelante, el título favorito con el que  autor del Apocalipsis se refiere a Jesús  es "El Cordero".  Jesús se da a conocer con estas palabras: «No temas: Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo. Como es común en toda la Biblia, el que recibe una comunicación de Dios o una visión como la presente siente temor y se le asegura diciéndole que no tema. Pasó lo mismo con María cuando llegó el Arcángel Gabriel a anunciar que iba a ser la Madre del Hijo de Dios. Jesús manda a vidente que escriba lo que ve y lo que va a suceder más adelante. 

Volveremos los próximos domingos a comentar el resto de los pasajes que nos tocarán en estos días de Pascua. Para terminar hoy, conviene recordar que el Apocalipsis es el último libro de la Biblia y como tal es de gran importancia dado que coloca el broche de oro a todo lo que Dios ha revelado a lo largo de los siglos. No se trata de un mensaje horrendo de destrucción, sino de consuelo y aunque dice que va a suceder pronto, lo que eso significa que se aplica a la Iglesia de todos los tiempos y a cada uno de nosotros. Un aspecto esencial del mensaje de Jesús era el de la vigilancia expresada en varias parábolas como la de las Vírgenes Prudentes y las Necias, como en la otra en la que el maestro de los esclavos se va de viaje y regresa cuando menos esperan. También en el Jardín de Getsemaní Jesús advierte a los apóstoles: "Vigilad y orad para que no caigáis en la tentación. El peligro del Imperio Romano no era tanto el de las persecuciones físicas sino el peligro de acomodarse a sus atracciones y no poner el seguimiento de Jesús en primer lugar.


sábado, 20 de abril de 2019

LA PASCUA O LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

HOMILÍA PARA EL DOMINGO DE PASCUA, 21 DE ABRIL DE 2019.

¡Verdaderamente, Cristo ha resucitado! Veamos qué significa esta aclamación y su importancia. Los evangelistas cuentan cómo Jesús fue sepultado en una tumba perteneciente a José de Arimateo, miembro acaudalado del Sanhedrín que había ido con Pilato a pedir que le entregara el cuerpo de Jesús. Pilato consultó con el centurión para asegurarse de que Jesús había muerto ya y accedió a la petición de José. También los evangelistas nos aseguran que las mujeres estaban presentes, las mismas que acudieron al sepulcro en la mañana del domingo con la intención de  embalsamar el cuerpo en el caso de los Sinópicos o en el caso de San Juan, María Magdalena iba a llorar ante el sepulcro. Las mujeres, preocupadas sobre cómo iban a abrir el sepulcro porque estaba asegurado con una gran piedra de la forma de una rueda, encontraron que ya la piedra se había retirado y que el cuerpo de Jesús no estaba allí. María Magdalena llegó a la conclusión de que se había robado el cuerpo de su Señor y se fue a anunciar el hecho a Pedro y a Juan, que a su vez acudieron al sepulcro y encontraron las cosas como le había contado María. Juan da unos detalles sobre la sábana y el sudario con los que Jesús había sido sepultado, que no estaban tirados por el suelo sino doblados de manera que no daba la impresión de un robo de tumbas.

En primer lugar, en ningún caso las mujeres y los discípulos esperaban encontrar la tumba vacía. Posteriormente se dan unas apariciones de Jesús a los discípulos y a las mujeres, en primer lugar a María Magdalena que encuentra a Jesús en un jardín y en un primer momento lo confunde pensando que era el hortelano. El hecho de que la tumba estaba vacía es un dato importante y, aunque no es una prueba concreta ni contundente sobre la resurrección de Jesús, si hubiera estado el cuerpo todavía en el sepulcro, no hubiera sido posible proclamar la resurrección de Jesús.

Pasemos ahora a explicar lo que significa el concepto de resurrección (en griego anástasis). Se utilizar el verbo que se traduce por "despertar" o despertarse. En el judaísmo contemporáneo con Jesús, existía, de manera especial entre los fariseos, la doctrina de la resurrección de los justos al final de los tiempos cuando Dios iba a hacer justicia, establecer su Reino en Israel y en el resto del mundo. Esta doctrina, como sabemos de los evangelios y los Hechos de los Apóstoles,  la defendían de manera especial los fariseos, pero los saduceos y otros no la aceptaban por considerarla una novedad. Los cuerpos de los justos saldrían de las tumbas y entraría en el reino mesiánico, pero en ningún caso existía la creencia de que tal cosa pudiera adelantarse en el caso de Jesús o nadie más.

¿Entonces, qué significa la resurrección de Jesucristo? La resurrección más contundente la encontramos en la Primera Carta de San Pablo a los Corintios c. 15 (3-8): Que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, que fue sepultado, y que resucitó al tercer día según las Escrituras, que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce. Después  se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la  mayoría de los cuales viven todavía...Después se apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se apreció también a mí" . Como podemos constatar en el episodio del encuentro de Jesús resucitado con los dos discípulos en el camino a Emaús, la muerte de Jesús en la cruz no es una casualidad, sino algo que estaba previsto y quedó expresado en las Escrituras. Escribe el Papa Benedicto XVI: "es un acontecimiento que comporta un logos, una lógica; es un acontecimiento de la Palabra y retorna a la Palabra, la confirma y la cumple". Recordemos que la palabra logos tiene un significado profundo tal y como se encuentra en el Prólogo del Evangelio de San Juan y ya los filósofos griegos echaban mano de ella para expresar el sentido último de todas las cosas, un orden y una lógica.

La muerte de Jesús tiene que ver con nosotros, se realiza para salvarnos o redimirnos del pecado. La muerte de Jesús es otro tipo de muerte de la de nuestros primeros padres que queriendo ser como Dios le desobedecieron y cayeron en la muerte. La muerte de Jesús, lejos del egoísmo, es una muerte producto de la entrega constante y completa hasta la muerte y muerte en cruz. "Por tanto, es una muerte en el contexto del servicio de la expiación; una muerte que realiza la reconciliación  y se convierte en luz para los pueblos" (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret).

Pablo insiste en el hecho de que si Jesucristo no hubiera resucitado, tampoco nosotros resucitaremos, y en realidad el cristianismo no tiene sentido, la predicación del evangelio no pasaría de ser una farsa y el mismo Pablo sería un embustero. Igualmente, si Jesucristo no es más que un hombre sabio que hizo milagros y proclamó un mensaje de comunión y fraternidad humana, que fue detenido por los judíos y entregado a los romanos para ser ajusticiado en la cruz, el cristianismo no tendría ningún valor, no convencería a nadie. Mejor sería que nos dedicáramos a otra cosa.

El cristianismo no es eso porque Jesucristo realmente resucitó y él el el primogénito de entre los muertos. Nosotros en el bautismo hemos sido incorporados para participar no solo en su muerte sino también en su resurrección. Es lo único que da sentido a nuestra vida. No somos unos animale más evolucionados, sino que tenemos un alma espiritual que busca sentido, logos en nuestra vida. No nos basta el consumismo, el deporte, los viajes, y demás objetos que el mundo nos pude ofrecer.  Estamos abocados hacia la muerte como todo ser viviente, pero no nos deja satisfecho eso. A lo largo de la historia, incluso antes de que nos han llegado muchos testimonios de la historia sabemos que los seres humanos enterraban a sus muertos y esperaban que de alguna manera llegaban a una vida mejor después de muertos. Debido a esta creencia en una vida después de la tumba, los Faraones crearon las pirámides, los chinos hicieron el ejército de porcelana para proteger a su emperador, y así no ha habido ninguna cultura que no tuviera algún tipo de deidad.

Además, como ya he señalado, los discípulos no pudieron haber inventado la historia de la resurrección de Jesús, porque en ningún caso esperaban algo así. Si no se hubiera dado la resurrección de Jesús y la convicción profunda de que Jesús ya había alcanzado una vida nueva superior y que les invitaba a ellos a participar en ella con Él, no tendría ninguna explicación el fenómeno del cristianismo ni su rápida expansión primero dentro del Imperio Romano y luego a todo el mundo, ni la creación de una Civilización que llamamos la Occidental, que por mucho supera cualquier civilización que jamás se ha dado en la historia de la humanidad.

La proclamación de la resurrección de Jesús y nuestra futura resurrección con Él es lo único que nos da una verdadera esperanza. San Pedro en su Primera Carta dice que "nos ha regenerado a una esperanza viva". Escribía a unas comunidades dispersas que sufrían persecución y les animaba a perseverar sin perder esa grande y única esperanza.



sábado, 13 de abril de 2019

DOMINGO DE RAMOS O LA PASIÓN DEL SEÑOR

HOMILÍA PARA EL DOMINGO DE RAMOS O DE LA PASIÓN DEL SEÑOR, 14 DE ABRIL DE 2019.

En el siglo II, la Iglesia celebraba una sola fiesta a lo  largo del año, además del domingo, es decir, LA PASCUA, O PASCHA,  como se dice en latín y en griego. Surgió una disputa entre Roma y las iglesias de Oriente, es decir, más o menos las mencionadas en el Apocalipsis acerca de la fecha, estos últimos consideraban que se tendría que mantener la misma fecha del calendario lunar en la que los judíos celebran la Pascua, el 14 del mes de Nisán, que correspondería a la fecha de la muerte de Jesús en la cruz. En cambio, Roma y otras Iglesias pensaban que la Pascua había de celebrarse en domingo, dado que Jesús resucitó de entre los muertos en el un domingo, a los tres días de su muerte en la cruz. Al final, prevaleció la opción de Roma y quedó la Pascua en domingo. Se trataba de un solo misterio que es lo que se llama EL MISTERIO PASCUAL, es decir, el paso de la pasión y muerte en la cruz del Señor Jesús a la gloria de la Resurrección. También el Domingo de Pascua se denominaba "el octavo día", pues recordemos cómo el primer relato de la creación en el libro del Génesis cuenta que toda la obra de la creación la realizó Dios en seis días y el séptimo día descansó Dios de todo lo que había realizado. No es que Dios se canse, pero así se pone la celebración del sábado como un día de descanso en relación con el misterio de la creación. En cambio, lo que tenemos en la Pascua es que el Domingo de la Resurrección es el primer día de la nueva creación, y como dice el Papa Benedicto en su libro Jesús de Nazaret, se inaugura tanto la victoria de Jesús sobre el mal, el pecado y la muerte como la revelación de una nueva dimensión de la realidad, o el principio del cumplimiento del gran plan de Dios para todo el universo que ha creado.

Ya en el siglo III, se introdujo la Cuaresma como recuerdo de los 40 días de Jesús en ayuno en el desierto antes de su bautismo y el inicio de su ministerio público. Por ello,  también el momento propicio para una preparación intensa para el bautismo que juntamente con la confirmación y la primera comunión se celebraba en la gran Vigilia Pascual, como lógicamente era el momento culminante de todo el año cristiano y los cristianos de aquellos siglos pensaba que la vuelta gloriosa de Jesús al final de los tiempos pudiera darse en una Vigilia Pascual en la que ellos vigilaban y oraban la noche entera desde la medio noche hasta la aurora. Jesucristo es la luz del mundo y aparecerá en Oriente para completar su obra y llevar consigo al cielo a todos sus amigos.

Desde finales del siglo IV, cuando la Iglesia ya llevaba varias décadas libre de las persecuciones, se introdujo la celebración solemne de la Semana Santa en Jerusalén, obviamente el lugar más propicio para hacer memoria de los hechos protagonizados por Jesús en aquellos últimos días de su vida y en la misma Jerusalén. El sábado, víspera del Domingo de Ramos, salían hasta Betania que era el pueblo en el que vivían Lázaro, Marta y María, amigos de Jesús en cuya casa alojaba con frecuencia. Luego en la mañana siguiente, Jesús hizo su entrada triunfal en Jerusalén en el lomo de un burro, cumpliendo una profecía presente en el Libro del Profeta Zacarías, y la gente cantaba salmos y "Hosana al Hijo de David". Constantino había construido varias Iglesias en Jerusalén y en ellas se celebraba los diversos oficios correspondientes más o menos a los lugares donde Jesús había pasado en esos días, antes de llegar al Calvario para ser crucificado.

En la liturgia de hoy, que según la liturgia renovada a partir del Concilio Vaticano II, este domingo es Domingo de Ramos o Domingo de la Pasión, pues hoy se lee todos los años el relato de la Pasión según los evangelios sinópticos, Mateo, Marcos o Lucas, correspondiendo este año el de San Lucas. El relato de la Pasión según San Juan se lee el mismo Viernes Santo todos los años.

Por lo tanto, vamos a examinar brevemente algunos aspectos del relato de San Lucas que le son más características de este evangelista. San Lucas recoge una expresión de Jesús según la cual Jesús manifiesta el gran deseo que tenía de celebrar esta cena pascual con sus discípulos porque sería su última hasta que se volvieran a encontrar en su Reino. Sin embargo, los apóstoles no encuentran cosa más importante que hacer que disputar entre ellos sobre donde cada uno tenía que sentarse y cuál de ellos era el más importante. Jesús con gran paciencia les da una importante lección de humildad.

Terminada la cena Jesús y los discípulos salen hacia el Monte de los Olivos donde él tiene su gran agonía, pidiendo al Padre que este cáliz, es decir, la misma pasión que se avecina le sea quitado, pero siempre sometiéndose a la voluntad de su Padre. San Lucas, que habría sido médico, es el único en entregarnos el detalle de que Jesús sudó sangre. Según los médicos se trata de algo que se da muy raras veces y puede deberse al estrés extremo que puede provenir de grandes sufrimientos y la cercanía de la muerte, que es el caso de Jesús. No se ha estudiado mucho por ser raro. No debemos olvidar que Jesús era verdaderamente hombre y sometido a todo lo que nosotros sufrimos menos el pecado.

El Evangelio de San Lucas es el evangelio de la misericordia y la compasión. Es el único evangelio que tiene la Parábola del Hijo Pródigo, la resucitación del hijo de la viuda de Naín, la del Buen Samaritano, la del publicano Zaqueo, y en general tiende a manifestar la gran compasión de Jesús. Así su relato de la pasión es el único que contiene el episodio de las mujeres de Jerusalén que intentan consolar a Jesús en el camino hacia el Calvario. La respuesta de Jesús es interesante, dado que en realidad él es el que las consuela a ellas, porque prevé proféticamente la destrucción de Jerusalén y cómo ellas y sus hijos iban a sufrir tanto en el futuro. Es el único evangelio que nos entrega el episodio del así llamado Buen Ladrón. En realidad los dos no eran simples ladrones, pues no les hubiera tocado la pena capital por robar. Más bien eran lo que hoy en día llamamos terroristas, revoltosos que eran bastante comunes en la época y sobre todo provenían de Galilea. Aquí se ve un ejemplo del poder de la gracia que llevó a ese hombre a reconocer algo único y especial en Jesús y, por otro lado cómo Jesús en ese momento de gran dolor sobre la cruz cumplía su misión de ser el único Salvador. Imaginémonos os cómo se sentiría ese hombre que estaba a punto de morir debido a su vida de pecado escuchar las palabras de Jesús: "Hoy estarás conmigo en el paraíso". A lo largo de la historia, ha habido otros muchos condenados a muerte que se han arrepentido y confesado unos momentos antes de morir y llegar también a estar con Jesús en el paraíso. Ciertamente, deberíamos de ser prudentes y confesarnos a tiempo para no tentar la misericordia de Dios dejando el negocio más importante de nuestra vida hasta el final y casi perder el tren, por así decirlo.

San Lucas termina su relato recogiendo las palabras de Jesús: "En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu", que es algo que todos nosotros deberíamos anhelar poder decir antes de abandonar este mundo para encontrarnos con el Señor. Qué estos aspectos del relato de San Lucas de la Pasión de Jesus nos estimule para que vayamos conociendo más y más cada día cómo es Jesús, su gran misericordia, su compasión, su entrega hasta el final, y disponernos para llegar a una muerte en union con él como el Buen Ladrón.



sábado, 6 de abril de 2019

LA LEY Y LA MISERICORDIA

HOMILÍA DEL V DOMINGO DE CUARESMA, CICLO C, 7 DE ABRIL DE 20019.

En nuestros días, especialmente desde las revelaciones hechas a la monja polaca Santa Faustina en las primeras décadas del siglo XX, ha habido mucho énfasis en el tema de la misericordia divina. Al inicio de su Pontificado San Juan Pablo II publicó una encíclica titulada Dives in misericordia o Rico en misericordia. Siendo polaco, beatificó la canonizó a Sor Faustina y se extendió esta devoción a la divina misericordia a toda la Iglesia, y cumplió la petición de Jesucristo a Santa Faustina sobre la introducción de la Fiesta de la Divina Misericordia que se celebra el segundo domingo de Pascua o la Octava de Pascua. Nuestro evangelio de hoy, el quinto domingo de Cuaresma, el de la mujer descubierta en el adulterio nos plantea un gran contraste entre la mentalidad de los fariseos y en general los encargados del templo que intentan utilizar la ley como arma arrojadiza para no solo humillar a esta mujer sino para acabar con su vida. Veamos el desenlace de este episodio y el triunfo de Jesús y la misericordia divina.

En el c. 10 y 11 del Libro del Profeta Ezequiel, se da la escena de la retirada de la gloria del Señor del Templo de Jerusalén en la forma de una nube que se levantó y se fue hacia oriente, es decir, hacia el Monte de los Olivos, La gloria del Señor abandonó el templo debido a la corrupción de los reyes, los sacerdotes, y falsos profetas, pero Dios prometió que volvería. El contexto de este pasaje del evangelio que escuchamos hoy es que Jesús llega al templo desde el Monte de los Olivos que está al oriente de la ciudad y del templo. Ya sabemos desde el c. 2 del Evangelio de San Juan cuando Jesús expulsa a los vendedores del templo, que el templo se ha convertido de ser una casa de oración, de sacrificio, de culto y alabanza de Dios a una cueva de ladrones, o sea otra vez se ha corrompido. Jesús es el verdadero templo, es decir, su cuerpo. Por ello, el evangelista presenta a Jesús viniendo desde el Oriente, desde el Monte de los Olivos para volver a apoderarse del templo y establecer el verdadero culto, el culto en Espíritu y en la verdad.

Pasemos ahora a la acción de los fariseos y cómo encontraron a la mujer in flagrante cometiendo adulterio. Uno se pregunta cómo es que estos hombres pudieron pillar a esta mujer en flagrante adulterio, cómo se dedicaron a espiarla. Además, es obvio que para que hubiera adulterio, se necesita también a un hombre, pero este no aparece por ningún lado. Ellos son los guardianes de la ley, y no les importa humillar a esta mujer de forma extrema, llevarla al templo ante una muchedumbre, pues en el templo siempre había mucha gente, y a la vez ponerle a Jesús una trampa. Aquí se ve como es posible aprovecharse de la ley, y aparecer como justos y cumplidores de la voluntad de Dios, como es fácil aprovecharse de la desgracia de otra persona para aparecer virtuoso. Es algo que comúnmente se hace hoy en día. Se denomina "señalar la virtud", es decir la propia, a expensas de otros y sin una pizca de misericordia ni de respeto dado que se aprovecha de la desgracia de la otra persona para presentarse como virtuosos y fieles a la ley. Al mismo tiempo ellos aprovechan para poner a Jesús en un apuro. Si les dice que hay que cumplir la ley de Moisés y apedrearla, aparecería como cruel y poco misericordioso, y si les dice que hay que soltarla, entonces le acusarían de saltar a la torrera la ley de Dios, y de una u otra manera lograrían desprestigiar a Jesús ante la multitud, cosa que intentaron hacer en varias otras ocasiones. No pensemos que este tipo de comportamiento es ajeno a nosotros, que también podemos intentar condenar a otros y humillarles a través del chismorreo y presentándonos como los virtuosos, cumplidores de la ley de Dios.

Jesús se agacha y se pone a escribir en el suelo. Es la única vez en los evangelios que encontramos que Jesús escribe algo. Según San Agustín, que describe esta escena con dos palabras miseria  y misericordia, lo que escribe Jesús es los pecados de los acusadores. En realidad no sabemos, pero es posible y así se explicaría la reacción de los presentes. Además, Jesús pronuncia una frase que es probablemente una de las más emblemáticas de todos los evangelios: El que esté sin pecado, que tire la primera piedra. Con esto, se puede entender la especulación de San Agustín sobre lo que escribía Jesús, o que tendrían miedo de que manifestaría sus propios pecados. En todo caso, el evangelista nos señala que los presentes empezaron a retirarse, empezando por los más viejos. Dado que en los evangelios no hay ninguna afirmación que no tenga su sentido e importancia, pues el hecho de que diga que empezaron a retirarse los más viejos, es significativo. Podemos suponer que los más viejos habían tenido más oportunidades de pecar.

Al final, Jesús se levanta y encuentra que se han ido todos, y pregunta a la mujer: ¿Nadie te ha condenado? ¿Tampoco te condeno yo. Vete y no peques más? Estas palabras también son de gran importancia dado que Jesús entiende que para acoger la misericordia de Dios hay que arrepentirse de los pecados y como se hace en la Confesión, hacer un propósito de enmienda, es decir, no volver a pecar. Ya en el año 1948, el Papa Pío XII decía que el gran pecado de nuestra época es la pérdida del sentido del pecado. Si era verdad entonces, es muchísimo más verídico ahora. Como señalaba arriba, la devoción a la Divina Misericordia revelada por Santa Faustina y extendida a toda la Iglesia por San Juan Pablo II ha sido una gran gracia y una ocasión para descubrir el verdadero rostro del Dios misericordioso como hemos reflexionado el domingo pasado al comentar sobre la Parábola del Hijo Pródigo o el Padre Misericordioso. Sin embargo, existe hoy un día un peligro de enfatizar tanto la misericordia de Dios y considerar que se puede acogerla sin el  verdadero arrepentimiento. Hay una campaña en la Iglesia de parte de no pocos obispos y sacerdotes de acoger a los así llamados LGTB, pero olvidando lo que dijo Jesús a la mujer, "vete y no peques más".  También se propone dar la Sagrada Comunión a los que están divorciados y ni están casados y están en una nueva unión de manera que no han dejado de pecar, y se dice que hay que aplicarles la misericordia. Este es un gran engaño porque es imposible que la misericordia de Dios sane o sea acogida por uno que no se arrepiente y no deja de cometer los pecados, como por otro lado, hizo el Hijo Pródigo, cuando se dio cuenta de su situación y decidió levantarse y volver a la casa del padre.


Tenemos el peligro mencionado de utilizar la ley como arma arrojadiza en contra de otros, humillarlos y por otro el peligro de una falsa misericordia que piensa que Dios es un bonachón que siempre perdona los pecados, pero que no exige un cambio de vida, que no nos dice "no peques más". Acerca de la misericordia, recordemos también las obras tanto corporales como espirituales de la misericordia. La primera de las obras espirituales de la misericordia es "amonestar a los pecadores", Este es un ejercicio de la caridad y se tiene que hacer con humildad y tino para que tenga un efecto positivo. Se trata, pues de la corrección fraterna, que dado que es difícil de practicar mayormente decidimos no meternos en líos y no meternos en la vida de otros. Sin embargo, recordemos que no tenemos que tener la actitud de Caín que cuando Dios le preguntó sobre donde estaba su hermano, respondió "¿Acaso soy yo guardián de mi hermano?  Pues, si lo somos, pero para cumplir este deber, hemos de reconocer nuestros propios pecados y ser humildes, pues no hay nadie que sea perfecto en esta vida.